La llegada masiva de inmigrantes haitianos en las últimas semanas ha disparado las alarmas en Canadá. El supuesto paraíso del refugiado se tambalea.

Ciertos medios europeos, en su campaña/cruzada político/periodística contra Donald Trump publican estos días fotos de familias haitianas intentando cruzar la frontera entre Estados Unidos y Canadá. Los pies de fotos son sucintos: «refugiados que huyen de la política de inmigración del Presidente Trump». La cuestión es mucho más delicada y no basta con presentar los hechos como un debate entre «buenos y malos».

En 2010, tras el terremoto que asoló Haití, Barack Obama creó el Estatuto de Protección Temporal (TPS, en su acrónimo inglés) que permitía la instalación en suelo norteamericano de 60.000 ciudadanos de ese país. El TPS estaba previsto que durara hasta 2018. Donald Trump afirmó el pasado enero que cumplirá la fecha y que no lo renovará.

A partir de ese momento, redes sociales, medios de comunicación haitianos en EEUU e iglesias sin ningún escrúpulo lanzan mensajes a su comunidad para convencerles de que Canadá les acogería sin problema.

Trudeau, «mercader de ilusiones»

Esta falsa propaganda se construyó en parte tras las palabras del Primer Ministro canadiense, Justin Trudeau, que en un ejercicio de comunicación calificado ahora de insensato, tuiteó mensajes como este: «A todos los que huyen de la persecución, el terror y la guerra, sepan que Canadá les acogerá independientemente de sus creencias. La diversidad es nuestra fuerza».

Estas bellas palabras, acogidas por la supuesta progresía mundial con loas y festejos —en plena campaña de prensa anti-Trump— están siendo desmentidas por la realidad y han hecho surgir, por primera vez en el país, enfrentamientos políticos y encontrofnazos callejeros entre partidarios de regular la inmigración con la ley en la mano y defensores de la generosidad sin límites.

Entre la propaganda errónea y la demagogia de ciertos políticos, miles de haitianos intentan llegar a Canadá por puestos oficiales y por pasos clandestinos.

El problema se complica porque Estados Unidos y Canadá suscribieron en 2004 la «Entente entre terceros países», un acuerdo por el que los refugiados deben pedir asilo en el primer país al que llegan. Si un refugiado que se encuentra en territorio de Estados Unidos quiere trasladarse a Canadá, este pacto lo impide.

Aún así, la oposición, tanto a nivel federal como en la provincia francófona de Quebec, acusa al gobierno de incumplir esta norma y define la frontera entre los dos países como «un coladero». Así lo hace el jefe de la «Coalición Porvenir de Quebec», Françóis Legault.

El ejército está encargado de ayudar a los más de 7.000 haitianos que han llegado a Canadá desde el mes de julio. Campamentos improvisados con tiendas de campaña forman ya parte del paisaje en algunos puntos del territorio quebequense.

De la seducción a la decepción

Desde enero de 2016 Canadá ha acogido 40.000 refugiados. Pero, para los haitianos que prefieren no volver a su país y seguir buscando un futuro «al Norte», los trámites administrativos de acogida pueden suponer un suplicio.

El efecto llamada de Trudeau, al que algún opositor califica de «mercader de ilusiones», se topa con la realidad de un elevado índice de rechazo en las peticiones de asilo. La tasa de aceptación de candidaturas varía según el comisario encargado del dosier. Para la Comisión de Investigación del Estatuto de Refugiado, se trata en realidad de «una lotería», tal es la falta de objetividad del sistema.

Jean François Lisée, jefe del independentista Parti Québécois, insiste sobre el engaño al que se ven sometidos los haitianos: «Primero se les seduce; después vendrá la decepción. No es una política respetable».

Otras figuras políticas insisten en la crítica a Trudeau y alertan sobre el sentimiento creciente de inseguridad y la preocupación ciudadana respecto a un sistema de acogida hasta ahora vendido como modelo: «toda esta situación favorece que la extrema derecha ocupe el espacio político y muestra la desconexión entre las élites políticas y la ciudadanía», afirma el alcalde de la ciudad de Quebec, Régis Lebeaume.