El lunes 21 de agosto el presidente estadounidense Donald Trump, durante su discurso en Fort Myer, Virginia, anunció el inminente envío de tropas a Afganistán, cambiando abruptamente la dirección de sus promesas de campaña. Trump con ánimo triunfalista dijo: “Nuestras tropas lucharán para ganar e impedir que los talibanes se apoderen de Afganistán y detener los ataques terroristas contra Estados Unidos antes de que surjan”.

En el discurso Trump mencionó la palabra “victoria” cuatro veces y “derrota” (del enemigo) siente, pero no aclaró el cómo. Varios legisladores ultraderechistas incluido el influyente John McCain, se quejaron de lo demorado de decisión de Trump respecto a Afganistán.

Este cambio de enfoque en su política exterior, está íntimamente vinculado a la renuncia  de Steve Bannon, un ultra derechista anti-establishment, figura fundamental en la victoria electoral de Trump e ideólogo del “Estados Unidos primero”, director del influyente sitio Breitbart News. Crítico de las intervenciones militares de George W. Bush y Barack Obama. Bannon debió renunciar el jueves 17, una vez que Trump, ya tenía decidido su acción sobre Afganistán.

Bannon, eyectó del gobierno tras una sangrienta interna con el general James Mattis, el jefe del Pentágono,  veterano de Afganistán y a quien no por nada llaman el “PerroLloco” y el secretario de Estado Rex Tillerson, quienes apuestan a una intervención abierta para resolver la cuestión afgana, que después de 16 años de la invasión, más de 700.000 millones gastados y 2600 bajas americanas, el fundamentalismo se encarna cada día con más fuerza.

Bannon, era de la idea del uso de “contratistas” (mercenarios) para sustituir a la tropa, y concentrar toda la atención en la “la guerra económica con China”. Erik Prince, fundador de la siniestra Blackwater,  se ofrecido a enviar a 5500 de sus contratistas.

Con esta decisión Trump traiciona a una importante parte de su electorado, quizás la más deprimida económicamente y a la vez la más castigada por las últimas guerras exteriores de Estados Unidos.
En una reciente investigación donde se coteja la relación entre las tasas de muertos y heridos en los estados y los condados, en las guerras de Irak y Afganistán y el apoyo electoral, marca una preponderancia del voto hacia el magnate. En comunidades de tres estados clave para su triunfo: Michigan, Pensilvania y Wisconsin, donde las comunidades rurales, empobrecidas y de bajo nivel educativo  han sufrido directamente los costos humanos de la guerra y que podrían volver a sufrirlos de darse una nueva escalada bélica en Afganistán, en estos sectores Trump se impuso con amplia mayoría, lo que sin duda afectaría el voto de 2020 para su reelección.

La retórica utilizada por Trump, para este nuevo impulso guerrista, es obvia, y remanida, mientras lo que no menciona es que estratégicamente Estados Unidos necesita, de manera desesperada, un lugar donde hacer pie en Asía Central, para equilibrar la fuerte influencia China en la región, en que Pakistán se ha convertido en un vector fundamental para su estratégica nueva ruta de la seda, por lo que Beijín lleva invertido cerca de 50 mil millones dólares. No por nada en su discurso del lunes Trump, llamó a India, enemigo jurado de Pakistán, a participar en la reconstrucción de Afganistán.

La Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), liderada por China y que  reúne a Rusia, las repúblicas de Asia Central, India y Pakistán. Representa un fuerte amenaza, político, militar y económica que podría borrar de la región a los intereses norteamericanos y si se le suma la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), podría extender su influencia hasta Europa oriental y el Cáucaso convirtiéndose en un contrapeso a la OTAN.
Por otra parte Afganistán, se encuentra en una posición vital que permitiría a Estados Unidos, controlar a las potencias nucleares de la región: China, Rusia, India y Pakistán. Y nada menos que a Irán, a quien en caso de guerra, los Estados Unidos, podrían crear dos frentes desde Iraq y Afganistán.

Históricamente se ha repetido que Afganistán era un país que prácticamente carecía de recursos naturales y que más allá del opio, del que es el mayor productor mundial y recurso fundamental para la guerra del talibán, junto a la miel, eran sus únicas exportaciones. Aunque las exploraciones geológicas encardas por Estados Unidos desde 2001, ha dado como resultado que sólo en la cuenca del río Amu Daria, se calcula existen yacimientos de entre 500  y dos mil millones de barriles de crudo, además de importantes reservas de cobre, oro,  hierro, cromo, gas natural, y piedras preciosas y semipreciosas.
El terrorismo sabe esperar.

Trump sabe que enviar nuevamente tropas a Afganistán, se habla entre 3500 y 5 mil, para respaldar a los casi 9 mil soldados norteamericanos que todavía quedan en el país, significa arriesgarse a quedar empantanado como ya le sucedió a sus dos últimos antecesores, al Reino Unido y a la Unión Soviética.

El pueblo afgano conoce muy bien que es la guerra, los británicos han sufrido una de las sangrías más terribles desde su época Imperial, tras invadir el país en 1839, lo que generó una guerra que duró hasta 1842.
Desde el Golpe de Estado de 1973, que derrocó al rey Mohammad Zahir Shali, el país vivió en continuó estado de guerras civiles hasta nuestro días. La revolución comunista del 1978, conocida como de Saur (Abril), cuyo  presidente Mohammad Najibulláh, se verían obligado a solicitar la asistencia de la Unión Soviética, para contrarrestar los ataques de los núcleo más conservadores de las tribus dominantes como los pastush,  lo que desembocaría en una guerra de más de diez años y que dejaría un millón y medio de muertos y 6 millones de desplazados. Vencido Najibulláh, estallaría una guerra civil (1993 -1994) entre los muyahidines pro norteamericanos y los Talibanes aliados de al-Qaeda, Pakistán y Arabia Saudita. Esa última guerra permitir la llegada de los talibanes al poder los que sumergieron al país durante siete años en el más absoluto oscurantismo.  La invasión norteamericana de 2001 terminaría con el régimen fundamentalista pero desataría una guerra que continua hasta hoy y ha provocado 200 mil muertos.

Washington en el marco de la Guerra Fría utilizó a Pakistán para financiar a grupos como la Red Haqqani, contra la presencia soviética en Afganistán. La Red Haqqani, hoy es un intimó aliado del Talibán, tanto que Sirajuddin Haqqani, es el jefe de operaciones del talibán, a la vez que está considerado como el brazo armado de la Agencia de Inteligencia Inter-Servicio de Pakistán (ISI), en Cachemira, contra objetivos hindúes.

El terrorismo ha protagonizado infinidad de ataques en Afganistán y Pakistán, y son prácticamente los dueños ​​de las escabrosas áreas tribales en la frontera entre ambos países, impenetrables para un ejército regular.
Los talibanes ocupan el 43%  de Afganistán, mientras que el Gobierno se sigue batiéndose en retirada en vastas franjas del país.

Las bajas del ejército afgano en la primera mitad del año sobrepasan los dos mil, mientras los atentados en todo el país, incluida la capital, han sobrepasado todas las cifras de los años anteriores.
Se calcula que cerca de 400 policías y soldados mueren cada mes, mientras que algunos regimientos han perdido el 50% de sus fuerzas; debido a las muertes y las contantes deserciones.

La guerra civil, conlleva a una crisis económica por lo que el gobierno del presidente Ashraf Ghani depende de la ayuda económica de Occidente, para mantenerse en el poder. Sin esos aportes el país no podría pagar al Ejército, ni los sueldos de los funcionarios, las instalaciones médicas y educativas, ni las telecomunicaciones.
Es por este marco de situación que el pueblo afgano es la más pobre y con más alto índice de analfabetismo del continente asiático.

Más allá de la presencia de una veintena de organizaciones terroristas entre los que destacan los Talibanes, al-Qaeda, varias versiones del Daesh,  Lashkar-e-Taiba y Lashkar-e-Jhangvi, es la ancestral segmentación clánica y tribal, unas cincuenta en total, la fragmentación étnica y lingüística de la sociedad afgana: las  rivalidad entre tayikos, los uzbekos, los hazaras y los pastunes, durrani y khilji, y la división entre suníes y chiíes lo que no han permitido al país una unidad para construir un Estado sólido.

La decisión del Presidente Trump y el anunció de ampliar las operaciones militares en Afganistán, si supera el debate parlamentario, hará que las tropas norteamericanas lleguen sin anuncio previo, ya que el presidente se ha cuidado muy bien de mencionar su estrategia aclarando: “No diré cuándo vamos a atacar, pero atacaremos”.

Trump no parece un hombre muy instruido y mucho menos en historia afgana, pero quizás alguno de sus asesores pueda contarle la leyenda del general británico Alexander Burnes, quien se preparaba para regresar con su Ejército, sin haber concretado ninguno de sus objetivos tras la invasión de 1839. Cuando Mehrab Khan el emir de Qalat le advirtió: “Habéis traído vuestro Ejército a Afganistán, pero ¿cómo pretendéis sacarlo de aquí?”