La necesidad del euro como herramienta para la acumulación capitalista

La Unión Europea: un imperialismo subordinado

La Unión Europea es el resultado histórico del proyecto que, tras la II Guerra Mundial, plantearon los EEUU de América en el conocido como «Plan Marshall». Un proyecto que fue adoptado en 1947 por dieciséis países europeos y que, finalmente, sería formalizado y constituido en 1948 por dieciocho países que alumbraron la Organización Europea de Cooperación Económica. Este proyecto, lejos de ser un plan altruista para la reconstrucción europea, como considera el imaginario popular, es «una forma de disciplinamiento de los gobiernos europeos, de cara a su subordinación a la nueva potencia hegemónica que es EEUU» .

¿Por qué? Porque se trata de llevar a cabo una reconstrucción determinada de Europa, que sirva a los intereses del imperialismo estadounidense: no va a haber fondos estadounidenses para políticas que enfrenten los intereses estadounidenses. El Plan Marshall es, pues, la forma de dominar económicamente el continente europeo, reconstruyéndolo en función de los intereses estadounidenses, y de manera subordinada a los mismos.

En 1949 la constitución de la OTAN se revelaba como el brazo armado del imperialismo que pasaría a jugar un papel protagónico que mantiene hasta la actualidad -a pesar de las fricciones interimperialistas que tienen lugar en su seno-. Sin embargo, también tendría determinantes funciones económicas, y reemplazaría a la OECE a la hora de dirigir la reconstrucción europea.

Un organismo, la OTAN, que no tuvo inconveniente en llevar a cabo la guerra a Europa. El desmembramiento de Yugoslavia en la década de los noventa, donde nuevos estados, teóricamente independizados usarían -unos durante un breve espacio de tiempo, otros de forma permanente — el marco alemán como moneda -caso de Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Kosovo, Eslovenia, Croacia- o como referencia de cambio -Serbia, Macedonia- fue ejemplificador de la reconstrucción europea que se había llevado a cabo desde hacía medio siglo. La destrucción del posible eje Belgrado-Moscú, una vez desaparecida la URSS, era fundamental para reducir la influencia y los viables apoyos de quienes cuestionaban de una u otra forma las políticas liberales en Europa así como para disciplinar a los distintos gobiernos y pueblos reticentes a las privatizaciones y liberalización de los mercados que exigía el imperialismo.

Las dudas sobre el carácter de la reconstrucción europea bajo la subordinación al imperialismo estadounidense habían quedado, en cualquier caso, resueltas en fechas tempranas, pues desde el mismo inicio de la institucionalización y oficialización de la reconstrucción «el carácter liberal de la UE queda patente en el propio Tratado de Roma [1957], que consagra la competencia capitalista y la desregulación de los mercados como los pilares de la integración europea». De esta manera las bases económicas que servirían para el desarrollo de Europa, así como su margen de maniobra, quedaban delimitados. Faltaba la cristalización, la forma en la que se llevaría a cabo la reconstrucción, los matices.

La necesidad del euro como herramienta para la acumulación capitalista

Sería a principios de los años noventa, ya en un mundo teóricamente unipolar según el pensamiento hegemónico -y desde una perspectiva eurocéntrica pues si la lucha de clases podía parecer controlada por la burguesía a nivel mundial en América Latina sólo de manera violenta estaba siendo contenida — cuando la valoración de la situación económica que hace la Comisión Europea y la principal patronal -European Round Table- es compartida, y «las recomendaciones para reactivar la acumulación también son comunes, planteando la necesidad de reducir las rentas salariales tanto en lo relativo a su componente directo como en el diferido». El euro será la herramienta.

«El proceso de implantación del ajuste salarial culmina con la moneda única: el euro se concibe como un instrumento para incrementar la tasa de explotación, de ahí que su funcionamiento, inherentemente, haya contribuido a la regresión salarial. La integración monetaria, estructurada en torno al Tratado de la Unión Europea (TUE), al BCE y al Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), ha requerido un escenario de disciplina fiscal y estabilidad monetaria y cambiaria que ha permitido articular la aplicación del ajuste salarial».

La moneda única, en vigor desde 1999, entró en circulación en 2002, con el objetivo fundamental de asegurar la rentabilidad del capital, esto es, como herramienta de la clase dominante para asegurar la tasa creciente de explotación. Como no puede ser de otra manera, al tener intereses enfrentados e irreconciliables la clase trabajadora y la burguesía, el euro se constituye, de esta forma, no sólo como la herramienta que asegurará las condiciones materiales que exija la clase dominante, sino como herramienta contra las condiciones materiales de la clase trabajadora, en la medida en que estas puedan entorpecer la rentabilidad del capital. La realidad así lo ha demostrado: un débil crecimiento hasta el estallido de la crisis orgánica del capital, que ningún gobierno ha podido resolver en clave favorable para la clase trabajadora.

El problema, llegados a este punto, sería que aquellos países que no tienen el euro han transitado la crisis de la misma forma que los países de la eurozona. Por lo tanto, el problema de la moneda podría parecer secundario: no importa el euro porque todos los países han hecho recaer el peso de la crisis capitalista sobre la clase trabajadora, independientemente de que tuviesen una moneda u otra. Así, la decisión parece política y el euro neutral como moneda, con el cual podría ser posible cualquier política con la moneda común.

Sin embargo, el euro acota el margen de maniobra de los gobiernos en el terreno económico: el único objetivo del Banco Central Europeo es el de controlar la inflación -controlando la inflación conteniendo salarios y depauperando las condiciones de vida de la clase trabajadora para asegurar la rentabilidad del capital- y es un organismo que carece de control democrático por cuanto es independiente de los estados, a los que no puede financiar. De esta forma los estados no pueden presionar para que la política monetaria sea una u otra: simplemente están en manos del BCE y del euro. Pero la independencia política no existe, sea pregonada de una u otra forma y divulgada por unos u otros medios de comunicación: la política del BCE es la política de la clase dominante.

Desde que estalló la crisis orgánica del capitalismo y se agudizaron los rasgos del mismo o, lo que es lo mismo, desde que la tasa de ganancia comenzó los problemas para reproducirse de forma ampliada y revertir la tendencia decreciente de la misma, la estrategia del bloque dominante ha consistido en disminuir las rentas del trabajo en favor de las rentas del capital, recortando tanto el salario directo como el diferido, poniendo en marcha las políticas que contemplaban desde los años noventa.

El estado: una herramienta de dominación de clase

El estado surge como resultado de la lucha de clases: frente a la organización política medieval, caracterizada por el fraccionamiento del poder en las instituciones feudales y religiosas, el estado moderno concibe el poder político centralizado. De esta forma, la burguesía, nueva clase social hegemónica, puede hacer efectiva su dominación.

Es hasta tal punto el estado una herramienta de clase que cuando es necesario para sus intereses de clase la burguesía lo adecua sin arriesgarse a hacerlo pasar por una legitimación, siquiera formal. No existe el estado neutral, pese al pensamiento hegemónico y pese a cierta izquierda también que afirma sin sonrojarse que «al socialismo o casi al socialismo se puede llegar con la Constitución, ya que los artículos del 128 al 131 hablan de la planificación de la economía, del acceso de los trabajadores a los medios de producción, de que el Estado puede tener una banca pública y nacionalizar empresas».

Es así como en 2011 la burguesía se dio autogolpes en Italia y Grecia, derrocando los presidentes electos, Berlusconi y Papandreu, para imponer a Monti y Papadimos, justificándose en la necesidad de gobiernos técnicos para hacer frente a la crisis. Lo cierto es que tanto como Monti y Papadimos tenían que cumplir políticamente con las medidas que exigía la Troika, y por ello fueron elegidos ellos dos a dedo por el capital, porque era necesario implementar a un determinado ritmo unas determinadas políticas.

A este respecto -el carácter de clase de las instituciones políticas- Durao Barroso había sido muy claro alrededor de año y medio antes, cuando afirmó -pese a lo que digan las constituciones- que Grecia, Portugal y España necesitarían dictaduras militares para superar la crisis, en caso de que la población se opusiese a las medidas de ajuste. Así pues, y pese a que en Portugal y España no hayan necesitado recurrir a las dictaduras -países disciplinados y que, en el caso de España, incluyó una reforma constitucional que no fue refrendada por la ciudadanía- en Italia y Grecia no dudaron en saltarse su propia institucionalidad y poner a hombres que respondían, directamente, a sus intereses y necesidades.

Por lo tanto, si el estado aparece como un problema, si el estado es considerado como una herramienta de la burguesía para ejercer su dominio, la lucha contra el euro, la Unión Europea y el estado forman una triada en la que la supervivencia de cualquiera de los tres elementos asegura la continuidad de una u otra forma del poder burgués y, por tanto, el sometimiento de la clase trabajadora a las necesidades del capital.

Grecia y el Gobierno Tsipras, o cómo no hay salida en el marco del euro

Así pues, nos encontramos ante gobiernos nacionales y una Unión Europea de carácter burgués. El rasgo distintivo, con respecto a las economías que no son de la zona euro, lo aporta el Gobierno Tsipras: la demostración real, más allá del campo teórico, de que no hay salida para la clase trabajadora bajo el euro -y, añadiríamos, bajo la Unión Europea imperialista y bajo un gobierno nacional burgués. Porque el problema del pueblo griego no se circunscribe al euro, sino a la reducción de la lucha de clases al terreno electoral y a la negación de la revolución por el actor que tenía que haber jugado ese papel histórico, el KKE. No obstante, Syriza es ejemplificadora de lo que supone, una vez más, la socialdemocracia y, en este caso histórico, la socialdemocracia limitada por la moneda única- porque no hay salida bajo el capitalismo que, como es sabido, no resuelve las crisis sino que las aplaza. Así pues, el problema real es romper con el capitalismo.

«Dejando la viabilidad [de salir de la zona euro] formal a un lado, ¿sería deseable que el impago a iniciativa por el deudor se llevara a cabo dentro de los límites de la zona euro? La respuesta es negativa. En primer lugar, sería más difícil para el país deudor hacer frente a una crisis bancaria doméstica sin pleno dominio sobre su política monetaria. En términos más generales, si los bancos se pusieran bajo la propiedad pública a raíz de un impago soberano, pero siguieran perteneciendo al sistema euro, sería prácticamente imposible utilizarlos con el fin de reformar la economía. En segundo lugar, la permanencia en la zona euro ofrecería poco beneficio para el incumplidor, en términos de acceso a los mercados de capitales o de rebaja del coste de la financiación. En tercer lugar, la opción de la devaluación sería imposible, lo que eliminaría un componente vital de la recuperación. La acumulación de deuda de los países periféricos está inextricablemente ligada a la moneda común y el problema volvería a aparecer si el país moroso se mantuviera dentro de la zona euro».

Pero Grecia no sería ningún modelo: era muy importante que no fuese modelo, pues a todas luces «no es necesario decir que si se produjeran acontecimientos decisivos en un país periférico habría importantes repercusiones sobre el resto de la zona euro. Por un lado, lo que es válido de forma individual para Grecia también se puede considerar válido para España y Portugal (y probablemente para Irlanda, aunque no se ha considerado en este artículo). Existen diferencias significativas entre los tres países, como se estableció anteriormente, pero su comprometida situación como países periféricos de la zona euro es similar. Si uno de ellos adoptara una decisión de impago, renegociación y salida del euro, se generaría un importante efecto demostración para los demás».

Política contra euro: soberanía de la clase trabajadora contra hegemonía del bloque dominante

No es en el terreno electoral, político, institucional, ni siquiera en el terreno económico en el que la clase trabajadora, la mayoría social, puede lograr una salida favorable a sus intereses. En todos esos campos no cabe más que la continuidad -con matices, pero continuidad- de aquello que estamos viviendo.

Y es que no se trata de hacerse con el gobierno porque no se trata de gestionar, no se trata de dirigir el proceso de acumulación capitalista, sino, por el contrario, de lo que se trata es de impedir la gestión de la burguesía y de impugnar el modo de producción capitalista.

Lo electoral, político, institucional y económico son el reflejo de la lucha de clases: ese es el lugar en el que se definen las políticas de todo tipo -y, también, sus matices-: sociales, económicos, democráticos… Es en la lucha de clases donde se han definido las políticas del Gobierno Tsipras, y del Gobierno Rajoy. Es en la lucha de clases donde se impone que el peso de la crisis recaiga sobre la clase trabajadora.

De lo que se trata no es de hacerse con el gobierno, porque las políticas están limitadas, como hemos visto, por la pertenencia a la Unión Europea y al euro; de lo que se trata no es de crear falsas ilusiones: ya sabía la clase trabajadora, y así lo reflejaban sus organizaciones, que el estado no es reformable: tampoco es reformable la Unión Europea. El euro, mecanismo para el ajuste salarial y para garantizar la tasa creciente de explotación, tampoco es reformable. Es necesario, pues, impugnar la sociedad establecida a nivel global: no hay que retrotraerse a lo local frente a un sistema cuya dominación es global. La salida favorable para la clase trabajadora pasa por destruir la maquinaria institucional y burocrática de la burguesía en su conjunto para poder construir su poder de clase.

La salida de la crisis en coordenadas favorables a la clase trabajadora no vendrá desde los gobiernos burgueses, ya estén dirigidos por organizaciones clásicas o de nueva formación. La salida a la crisis favorable al interés de la mayoría de la población, la clase trabajadora, sólo puede ser obra de la clase trabajadora, porque requiere impugnar el euro, la Unión Europea y los respectivos gobiernos nacionales, de forma que sólo puede ser obra de la clase trabajadora, ya sea porque se haga con el poder, ya sea porque agudice las contradicciones a la burguesía y esta prefiera romper con el euro si la disyuntiva es entre mantenerse en el euro o la revolución social.

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