Los periodistas españoles Antonio Pampliega y Manuel Ángel Sastre han sido recientemente deportados de Ucrania, tras aparecer sus nombres en una lista negra elaborada por los servicios secretos de esa nación. Ahora tienen prohibida la entrada al país, cuyo conflicto interno se disponían a cubrir.

Sputnik tuvo la oportunidad de conversar con Manuel Ángel Sastre, quien compartió cuáles podrían ser los motivos de su deportación y en qué situación se encuentra la libertad de expresión en un país que ha elegido el camino hacia a la Unión Europea.

«Nos informaron que éramos un peligro para la seguridad nacional»

Si bien las detenciones y deportaciones en Ucrania se han vuelto algo ‘cotidiano’ para los periodistas rusos, esto no suele suceder muy a menudo con los europeos. Según reveló Manuel, en 2014 estuvo trabajando en las zonas de Donetsk y Lugansk sin ningún tipo de contratiempos.

«Hacíamos reportajes de los dos lados […]. También nos encontramos con agrupaciones más, digamos, radicales, como Pravy Sector».

Años después, se dirigieron a Siria, en donde fueron vendidos por su traductor a grupos insurgentes afiliados a Al Qaeda. Mientras permanecían prisioneros en el país árabe de julio de 2015 a mayo de 2016, el Gobierno de Kiev los había incluido, junto a otras 400 personas, en una lista negra que les denegaba el acceso al país.

Después de la intervención del Gobierno español, el propio presidente ucraniano Petró Poroshenko, sacó sus nombres de esa lista mediante un decreto.

Ya rescatados de los grupos extremistas, Antonio y Manuel se dispusieron a volver a Ucrania, para cubrir lo que sucede en el este de ese país.

«Cuál fue la sorpresa cuando, junto con mi compañero Antonio, nos retuvieron [en el aeropuerto de Kiev]. Nos dijeron que estábamos en otra lista negra, esta vez de los servicios de inteligencia. Además nos informaron que éramos un peligro para la seguridad nacional de Ucrania y que teníamos que abandonar el país».

Después de 20 horas de interrogatorios, en los que les retuvieron los pasaportes, finalmente miembros del Ejército los escoltaron a un avión, en el cual fueron retirados de Ucrania. Más tarde, el Gobierno publicó un comunicado en el que se presumía que los periodistas habían publicado noticias falsas sobre el Ejército ucraniano en 2014.

Más tarde supieron del caso de Ana, una periodista rusa y corresponsal de Pervi Kanal que, tras hacer un informe sobre su situación y la libertad de expresión en Ucrania, fue secuestrada y retenida por los servicios de inteligencia.

«A mí me llamó una de sus compañeras del canal, porque no sabían de su paradero, y me preguntaron si yo tenía información al respecto. Me alegro de que, por lo menos, la hayan encontrado [en Rusia], aunque al mismo tiempo me siento enfadado de que la hayan deportado. Eso significa que no le han permitido hacer su trabajo».

Con el cambio de poder en Kiev en 2014, el asesor del nuevo ministro de Interior, Antón Geráschenko, supervisó la creación de una lista negra de periodistas, artistas, políticos etc., con visiones críticas al nuevo Gobierno nacionalista.

«Los servicios secretos están por encima del presidente»

Al día de hoy, Manuel  dice que Ucrania no es un país en donde se respete la libertad de expresión. Después de haber sido secuestrado por insurgentes en Siria, haber pasado por la crisis en Venezuela, dice que solo otros dos países le han negado el acceso: Turquía y Catar.

Dice conocer bien «los métodos de este tipo de Gobiernos autoritarios que no respetan la libertad de prensa y sencillamente te expulsan y no te permiten el acceso». Es por eso que se siente especialmente decepcionado con la actitud de un país que pretende ingresar a la Unión Europea. Y es que los periodistas españoles aseguran haber tenido los permisos necesarios tanto por parte del Ejército de Ucrania, como de la República de Donetsk.

«Creo que ahora mismo Ucrania no respeta la libertad de prensa y que no es un país seguro para los periodistas. Espero unas disculpas y que me saquen de esa lista. Además, me gustaría que mi Gobierno [español] tomase medidas fuerte contra un Estado que pretende ser europeo, que intenta acercarse a la Unión Europea, pero no respeta la libertad de expresión».

El corresponsal de guerra señala que ni siquiera el Gobierno español ha podido tener acceso a la lista negra. En cualquier caso, compartió su opinión de que tanto esta, como decenas de historias similares crean una mala imagen de Ucrania. 

«Puede ser una excusa, un error burocrático o puede que de veras ellos piensen que nosotros somos peligrosos. Pero tal parece que los servicios secretos tienen más poder que el presidente».

«Eso lo vi yo»

Hace tres años, Manuel trató la situación que vivían los civiles en el este de Ucrania. Con el cambio de poder forzoso en Kiev, las regiones este del país no reconocieron al nuevo ejecutivo nacionalista. El corresponsal dice haber presenciado el momento en el cual Kiev envió contra los civiles al Ejército y les cortó las rutas de suministro como medida de castigo.

«Kiev cortó el acceso de los alimentos y de gas en invierno en donde las temperaturas eran de 20 a 30 grados. Los locales estaban prácticamente siendo alimentados por donaciones que les hacían los cosacos. Y eso lo vi yo».

Más tarde llegó el conflicto armado, el que Manuel comparó con lo que sucede hoy día en Siria, con constantes bombardeos, guerra de trincheras y francotiradores. En sus palabras, esta vez se dirigía al este ucraniano para atestiguar cómo transcurre la vida de los civiles hoy día, cuando se ha establecido una situación de paz relativa.

Le apena que en los medios de Europa y del mundo se esté olvidando este conflicto ya que «cuando no hay testigos, las personas que hacen sufrir a la gente son los que ganan, contentos y felices de que no esté ningún periodista allí».

«A nosotros no nos importa quién es el bueno o quién el malo: no estamos ni del lado de Rusia, ni del lado de Ucrania. Estamos del lado de la gente. Y en medio de esa guerra, hay gente que lleva ya tres años sufriendo y no tienen la culpa de nada».

Más pena le da que la mayoría de los periodistas cubran los conflictos, estando a miles de kilómetros de distancia y que cada día se les haga más complicado el trabajo a los corresponsales de guerra.

«Estoy ya hasta las narices de que a los periodistas se nos secuestre, se nos retiren los materiales, que nos deporte o que no nos permitan el acceso a ciertos países. Es una práctica de gobiernos y terroristas que no quieren saber nada de periodistas».