El pasado 12 de julio, el programa NBC Left Field difundía, también a través de Twitter, un vídeo sobre los campos de formación para niños y niñas del grupo ultranacionalista ucraniano, de ideología inconfundiblemente fascista, Azov. En el vídeo es visible la forma en que se transmite el odio hacia la población rusa y la preparación al combate que reciben menores de edad, algunos de apenas nueve años. Nada nuevo para quienes conozcan algo de lo que significa históricamente el grito de “Muerte a los Moscovitas” en la jerga política del nacionalismo ultra en Ucrania.

Sin embargo, lo más sorprendente de las imágenes es la reacción de los periodistas vinculados a su lanzamiento. Sin un solo atisbo de crítica a unos actos -evidente adoctrinamiento y militarización de la infancia-, los comentarios tratan más bien de buscar justificaciones a unas actitudes por completo inmorales. Como si, en el fondo, se enfrentaran a una reacción, por supuesto exagerada, pero al mismo tiempo necesaria e inevitable en el combate ucraniano contra Moscú.

En el vídeo mencionado, una responsable de la NBC contacta por teléfono con el periodista responsable del reportaje para tratar de “contextualizar” el sentido del campo. Durante la conversación parece evidente que, para estos aprendices de brujo, el lenguaje patriótico y la parafernalia ideológico-militar de Azov no es más que una parte de la “justa” reacción del pueblo ucraniano contra la opresión rusa. Uno más de esos batallones voluntarios formados para resistir al avance del Kremlin y que hoy son parte “legítima”, según recalcan los participantes, de las estructuras policiales y militares del estado ucraniano.

Poco parecen importar los detalles del golpe que se produjo a partir de las protestas de Maidan en febrero de 2014 y del que no solo nació un Gobierno con una agenda basada en continuar la imposición de la idea nacionalista de Ucrania que ya comenzó a gestarse durante el mandato de Viktor Yuschenko. Esa visión viene acompañada de la idea de la constante opresión rusa contra Ucrania, aunque haya que “olvidar” que el primer impulso a la cultura y a la lengua ucraniana en partes del país, especialmente en el este, hasta entonces provincias rusas, se realizara bajo el mandato de Lenin.

Al contrario, fanáticos banderistas, en general procedentes de la parte del país que formaba parte de Polonia, colaboraron en extender la guerra y la miseria hasta las mismas puertas de las grandes ciudades de la Unión Soviética. Ahora, el nacionalismo más radical reclama, no solo recuperar por la fuerza los teritorios de Donbass y Crimea, sino avanzar a la región de Kuban. “La guerra acabará cuando tomemos Moscú”, llegó a afirmar el presidente del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional de Ucrania, Oleksandr Turchinov.

Pese a la retórica de Kiev, Rusia tampoco ha acabado con la identidad ucraniana. Al contrario, esa identidad nacionalista, reforzada en casi treinta años de independencia, es la que pretende acabar con lo poco que queda de la visión propia de una población de habla o cultura rusa en Ucrania a la que no se considera ya parte moral del país. De ahí que la lucha en el Donbass no se perciba como guerra o enfrentamiento entre ciudadanos iguales de Ucrania sino como un acto de resistencia ante el invasor.

Tampoco puede considerarse un éxito de Kiev la integración de grupos como Azov en las estructuras oficiales, una forma de controlar a la extrema derecha. Así lo sugiere un reciente artículo de Foreign Policy Affairs cuya tesis principal es que esa integración ha hecho desaparecer a los elementos extremistas de las diferentes facciones. Una visión interesada de la realidad que prefiere olvidar la ideología y el perfil de Andriy Biletskiy, líder del movimiento Azov, que cada verano gestiona campos de entrenamiento y adoctrinamiento infantiles. Biletskiy fue también una de las caras del reciente acuerdo entre la extrema derecha ucraniana para avanzar su Manifiesto Nacional, una idea que revela la debilidad esencial del actual liderazgo en Kiev. Simplemente no es aún el momento del ajuste de cuentas entre los mundos de los Poroshenko y los Avakov.

Lo verdaderamente curioso, en esta historia que se pretende reescribir sobre las relaciones entre Rusia y Ucrania, es comprobar que ninguno de los periodistas protagonistas parecen haberse enterado del verdadero programa de Azov. Por mucho que sus protagonistas lo dejen claro en los primeros segundos del vídeo de la NBC. Se trata de esa idea que apela a las nuevas generaciones ucranianas a conquistar el mundo entero. Un proceso al que Azov se refiere con un término sin ambigüedad alguna: Reconquista.

Siempre dispuesta a pasar por alto ideologías abiertamente radicales y violentas o marchas de antorchas en memoria de colaboradores de los nazis, la prensa parece dispuesta a aceptar incluso el adoctrinamiento de la extrema derecha a los niños en un país que sigue mereciendo apoyo occidental. Al menos mientras siga dirigiendo su ira contra el enemigo moscovita.

Es la misma lucha que, en los años 30 y 40 del pasado siglo, hizo posible el acceso al poder de personajes como Hitler, Franco o Mussolini. Y no se trata de un fascismo que se desconozca. Es un fascismo que no se toma en serio, como se constata en este vídeo del New York Times que casi parece promocional y que mereció hasta un reconocimiento en la web de Azov. Un fascismo que avanza, con apenas oposición en Occidente.