La decisión de Trump es una confesión pública de los estrepitosos fracasos que Occidente ha sufrido en Afganistán.

Ninguna de las potencias militares salió ilesa de Afganistán. A lo largo de la historia, Gran Bretaña, URSS y, desde 2001, EEUU y sus aliados de la OTAN chocaron contra el carácter indomable de un país a donde pretendieron resolver las crisis a fuerza de bombas e invasiones. La decisión del presidente norteamericano Donald Trump de incrementar la presencia militar en Afganistán con una nueva hoja de ruta es una confesión pública de los estrepitosos fracasos que los imperios han sufrido en este país que desde hace 16 años vive bajo respiración artificial [a pesar de que esta vez las guerrillas talibanes no reciben apoyo exterior].

EEUU ha gastado una suma colosal en los conflictos armados en los que participa desde 2001 sin haber conseguido jamás los propósitos  buscados. Desde 2001 hasta 2017, Washington invirtió dos billones de dólares en gastos militares consagrados a través del planeta a la guerra contra el «terrorismo», de los cuales 841 mil millones corresponden a Afganistán y 770 mil millones a Irak. Es más que el Plan Marshall con el cual EEUU contribuyó a la reconstrucción de Europa [sobre todo a evitar los triunfos de los partidos comunistas] después de la Segunda Guerra Mundial.

Desde que el ex presidente norteamericano Georges Bush apuntó hacia Afganistán luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, 130.000 solados oriundos de 51 países (OTAN y asociados) fueron desplegados en Afganistán. Casi nada ha cambiado. El país vive desde entonces bajo el fuego de las bombas, la contraofensiva del taliban y subsiste gracias a la perfusión internacional, tanto militar como financiera. La llegada a la presidencia, en 2014, de otra marioneta corrupta incrustada por Occidente, el presidente Ashraf Ghani, no mejoró la gobernabilidad de un país donde los antiguos aliados de Washington, los talibanes, actúan a su antojo y se mueven en las zonas fronterizas protegidos por Pakistán [que no quiere que los terroristas de verdad, los que apoya EEUU, se instalen en su territorio].

En términos estratégicos, ninguna potencia dio con la solución afgana ni pudo obtener de su influyente vecino, Pakistán, una alianza sin doble juego. Los pakistaníes, a través de sus servicios secretos, pactan con Washington al mismo tiempo que respaldan a los talibanes. En un artículo publicado por el Centro de Estudios Estratégicos e internaciones, CSIS, y firmado por Anthony Cordesman, el autor destaca que la guerra afgana, la iraquí y la siria costaron cinco veces más que la Primera Guerra Mundial. La de Afganistán ha costado dos veces y media más que la de Vietnam.

A los 2 billones de dólares correspondientes a los gastos militares hay que agregarle los 110 mil millones entregados para la ayuda a la «reconstrucción» de Afganistán [lógicamente contratada a empresas estadounidenses]. Un abismo sin resultado. A lo largo de estos 16 años, EEUU desencadenó la guerra más larga de su historia con [al menos] 2.400 muertos norteamericanos (más 1.136 de los otros contingentes), 20.000 heridos y 100 mil soldados movilizados para un resultado intangible y una guerra que vuelve a renacer enfocada en los mismo actores contra los cuales se justificó su lanzamiento.

El primero de enero de 2015, la gran mayoría de países que habían enviado tropas a Afganistán procedieron a retirarlas. La OTAN dejó contingentes encargados únicamente de “asistir” y entrenar al ejército Afgano mientras que Washington dejó estacionados 8.400 solados en el marco de la operación “Respaldo fuerte”. Estas cifras sólo atañen a la presencia militar y no incluyen a las empresas privadas contratadas por Washington para llevar  a cabo “misiones de seguridad”. Los privados (Blackwater por ejemplo) son tres veces más numerosos que los mismos militares estadounidenses. En cuanto a las pérdidas civiles, según un informe del Instituto  Brookings, hasta el año 2014 habían muerto 17.000 personas. La misma fuente calcula que entre 2014 y 2017 han muerto alrededor de 3.500 personas cada año.

Trump dio un giro inesperado con su nueva reformulación del conflicto afgano. Con ello busca transformar la herencia que le dejó Barack Obama, quien, a su vez, heredó la guerra de su predecesor, Georges Bush. A su manera, Trump vuelve sobre los pasos de Bush. El ex mandatario inició el conflicto como «respuesta» a los atentados de las torres gemelas y con la propuesta estratégica de barrer con las bases de Al-Qaeda en Afganistán y erradicar  a los talibanes, grupo que los mismos estrategas del Pentágono habían utilizado como “arma interior” para expulsar a los soviéticos de Afganistán (1979-1989) [y sobre todo para derrocar al gobierno comunista elegido por el pueblo].

El ex presidente Barack Obama cambió el enfoque de Bush cuando estableció un calendario para el retiro de las tropas norteamericanas del país. Pero como ninguna de las opciones militares había tenido éxito [más bien habían terminado en derrotas], luego de haber anunciado en 2014 que la guerra estaba “terminada», en 2016 decidió pausar el retiro militar y dejar a los casi 40.000 hombres [entre militares y paramilitares] que hoy están desplegados. Obama se decidió entonces a admitir que los talibanes habían preservado toda su potencia y que el ejército afgano “aún no era lo suficientemente fuerte”. En suma, los propósitos militares que alimentaron el horno afgano no se cumplieron.

Si bien es cierto que Al-Qaeda fue desmembrada [en realidad trasladada a Siria, y luego a Libia y Yemén], los talibanes -sus aliados en ocasiones- no hicieron más que reforzarse en estos años. Oficialmente, el operativo norteamericano en Afganistán debía concluir a finales de 2014 pero su rotundo fracaso vuelve a abrir las mismas opciones que cavaron la tumba de la invasión occidental. El gobierno de Kabul ha retrocedido en todo el país. En 2016 controlaba el 73 por ciento del territorio: ahora  sólo tiene autoridad parcial en el 57 por ciente. La alianza internacional fue tan incapaz de ganar la guerra como de capacitar a las [corruptas] fuerzas locales.

Resulta iluso pensar que con más militares se pueda resolver un conflicto intrincado en una región donde, históricamente, las potencias mordieron el polvo de la derrota. El desastre asoma por todas partes, tanto más cuanto que, entre tanto, la intervención norteamericana en Irak (2003) creó todas las condiciones necesarias para el surgimiento del Estado Islámico. “Ya no vamos a construir países: vamos a matar terroristas”, dijo Donald Trump durante el discurso a la nación donde reveló la próxima aventura militar. Este ha sido, desde 2001, el discurso central de las potencias occidentales. Sólo han conseguido destruir países (Irak, Libia, Siria), causar decenas de miles de muertos civiles y, sobre todo, dotar de poder a nuevos terroristas [y ni siquiera se quedaron con el petróleo…]