Ni siquiera los ideólogos occidentales en su afán de perpetuar la presencia de grupos terroristas en Siria, imaginaron que las fuerzas armadas de este país coronarían tan pronto otro triunfo inobjetable: la victoria en Deir Ezzor.

Pero ellos, que nunca quisieron la paz para esta nación, con más de medio millón de muertos y mutilados e infraestructuras destruidas en siete años de guerra, contaron con que en meses precedentes las tropas gubernamentales y aliados obtuvieran resonantes triunfos en Alepo, Palmira, Homs y Hama.

Lo cierto es que los éxitos militares se multiplican por doquier contra el tenebroso Estado Islámico (EI) o Daesh y otros grupos terroristas, y ya muy pocos dudan de que esas legiones del mal viven su ocaso en esta nación levantina, como ocurre en la vecina Iraq.

Quienes constatan la realidad siria, apreciaron cómo miles de pobladores de la oriental provincia de Deir Ezzor recibieron en masa a las tropas élite Tigre y al Ejército tras romper el cerco terrorista impuesto por el EI contra esa ciudad desde hace más de tres años.

¿Qué demuestra el desbordado entusiasmo y manifestaciones públicas luego de la ruptura del prolongado asedio del Estado Islámico en la rica región petrolífera y gasífera de Deir Ezzor, principal punto estratégico del Eufrates?

Esa manifiesta alegría, incluso en los rostros de personas que en Deir Ezzor sufrieron la dominación del Daesh -con sus actos vandálicos como torturas y quema de inocentes- es expresión soberana de que el pueblo sirio respalda al gobierno del presidente, Bashar Al-Assad.

Tal pasaje no pasó inadvertido ni siquiera para los medios de prensa occidentales contrarios al Gobierno, que en su afán de respaldar a la Coalición Internacional liderada por Estados Unidos desarrollan una sistemática guerra mediática contra este país.

Siria y su Gobierno son satanizados por la gran prensa internacional, fiel servidora de Washington y de las monarquías del Golfo, empecinados en imponer su dominación geoestratégica y económica sobre el Medio Oriente, mediante la guerra sucia e intentos de dividir a grupos étnicos y religiosos.

Para analistas, incluso la llegada de unidades del Ejército sirio a Deir Ezzor, con fuerte apoyo de las fuerzas aeroespaciales rusas, se hubiera concretado antes de no ser por los bombardeos y otros actos hostiles de las intervencionistas tropas de Estados Unidos contra destacamentos de las Fuerzas Armadas.

El Ejecutivo sirio, como acto de justicia histórica, reconoció en reiteradas ocasiones, como ahora, el aporte de Rusia, Irán y el Movimiento de Resistencia Islámica de El Líbano, en la lucha por limpiar de terroristas al territorio nacional.

Llegados a este punto, sin embargo, aun resta un trecho para expulsar o exterminar al Daesh, que en febrero de 2014 se separó del grupo terrorista Al Qaeda y que casi ya pierde su antiguo feudo de Al Raqqa.

El Daesh está acorralado en Siria e Iraq, pues con la reconquista de territorios que estaban en su poder, paulatinamente se le cortan las vías de accesos de suministros de armas y municiones, además de fuentes de financiamientos a partir de las lucrativas ventas de hidrocarburos y otros recursos que usurpó.

Cuando se exterminan los remanentes de extremistas en Siria y autoridades de este país proclaman su victoria sobre el terrorismo alimentado desde el exterior, la mesa parece servida para que, a través de procesos negociadores como el de Astaná, Gobierno y opositores sirios resuelvan de forma pacífica sus diferencias.

Rusia, Irán y otros estados como China apuestan en Naciones Unidas por una solución mediante el diálogo, que permita a los sirios determinar el futuro de su país bajo el principio de la autodeterminación y el logro de la estabilidad económica, política y social.

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