Este domingo se define el Presidente de la República andina, elección que se estima tendrá final fotográfico, tal como hace 18 años.

La última vez que Chile vivió una elección tan ajustada fue en la presidencial de 1999, cuando se enfrentaban Ricardo Lagos, como representante de la por Concertación de partidos por la democracia, y Joaquín Lavín, alcalde de la aristocrática comuna de Las Condes y representante de la Alianza por Chile, el conglomerado de derecha de aquel entonces.

En aquella ocasión fueron poco más de 30 mil los votos que separaron a los candidatos en primera vuelta. En la segunda, Lagos logró la presidencia de Chile logrando una distancia de poco más de 187 mil preferencias.

18 años después el escenario es similar y tanto la tensión como la incertidumbre se toman el debate político a dos días de efectuarse los comicios que determinarán el curso de los próximos cuatro años en el país andino. Sebastián Piñera, empresario, ex presidente y representante de la derecha reunida en Chile Vamos, y Alejandro Guillier, senador, periodista y candidato de Fuerza de Mayoría (heredera de la gobernante Nueva Mayoría) son quienes aspiran a gobernar a partir del 11 de marzo de 2018.

La incertidumbre se vino a instalar tras los resultados de las votaciones del pasado 19 de noviembre, cuando en contra de todos los pronósticos, Piñera alcanzará el 36,6% (2.417.216 votos) y Alejandro Guillier llegará al 22,7% (1.497.116 votos). Todo esto con una participación de casi 6.7 millones de electores, un 47% del padrón.
En la ocasión, la sorpresa la dio el emergente Frente Amplio, conglomerado que reúne a fuerzas políticas de izquierdas, ecologistas y sectores socialdemócratas, que con su candidata Beatriz Sánchez –reconocida periodista chilena- alcanzó el 20,2% (1.336.824 votos).

Con estos resultados, las tres semanas que siguieron a la elección se han caracterizado por el frenesí, el duro debate y la incertidumbre por el resultado que definirá el destino de los casi 18 millones de chilenas y chilenos.

Los últimos treinta días han sido intensos y, por cierto, de mucha tensión. Esto porque desde el día siguiente los ajustes de los equipos de campaña de Guillier y Piñera, las gestiones para conseguir apoyos de otros conglomerados y el inicio de las acusaciones cruzadas no se hicieron esperar.

En el caso de Sebastián Piñera, los apoyos fueron obvios. José Antonio Kast, ex candidato presidencial de la ultraderecha que obtuvo más de 523 mil votos (8% de las preferencias), quien sostuvo la misma noche de la primera vuelta que «a la izquierda se le acabó el recreo, a partir de mañana les disputaremos cada espacio, cada foro, cada columna. Les rebatiremos cada idea, cada pensamiento y cada proyecto».

Junto con eso, Piñera decidió encargar las vocerías de su candidatura a dos ex precandidatos presidenciales: los senadores Manuel Ossandón y Felipe Kast, quienes abiertamente habían declarado sus diferencias con el empresario, las cuales se hicieron patentes con el correr de los días, terminando por complicar la acelerada campaña antes de convertirse en un aporte.

A esto se suman los errores propios de Piñera. El primero y que se tomó la primera semana de campaña, fue la insinuación de la existencia de votos marcados en favor de Gullier y Beatriz Sánchez en diferentes mesas receptoras de votos. El segundo, fueron sus dichos respecto de los derechos de los niños trans donde expresó: «este es un tema muy delicado porque usted sabe que muchos casos de estos transgénero, o disforia de género se corrigen con la edad, y por lo tanto tenemos que actuar, respetarlos y cuidarlos, pero no podemos pretender de que el género es algo absolutamente cambiable todos los días a la sola voluntad de las personas».

“No me gusta poner en duda nuestro sistema electoral, porque eso es parte del patrimonio del país. Sería primera vez que ocurriría en democracia. Lo que sí ocurre en todas las elecciones es que algunos se pasan de vivos, vimos que muchos votos en las mesas estaban marcados previamente el día de la elección, estaban marcados por (Alejandro) Guillier o por (Beatriz) Sánchez, no por nosotros”, señaló Piñera instalando el fantasma del fraude electoral y aumentando la tensión política.

Ambos hechos denotaron desespero en la candidatura de derecha y generaron un ambiente de cierto “peligro” de perder una elección que, hace poco más de un mes, era carrera corrida.

Para el caso de Guillier, el asunto no ha sido tan simple dada la diferencia que debe remontar. Tras los ajustes respectivos y la consecución de los apoyos del ex candidato Marco Enríquez y de sectores de la Democracia Cristiana, la candidatura oficialista se dedicó a lanzar guiños que le permitieran conseguir los apoyos de las fuerzas que componen el Frente Amplio y de su candidata, Beatriz Sánchez.

El nuevo conglomerado, tras días de debate, en una ambigua declaración definió dar libertad de acción a sus votantes y buscar el compromiso de Guillier en materia de educación, salud y pensiones. Tras ello, y de forma individual, las principales figuras del Frente Amplio, desde Sánchez hasta los parlamentarios electos, fueron manifestando su apoyo a Guillier. Todos coincidiendo en que no significaba alinearse con el oficialismo sino que el voto significaba evitar el retorno de la derecha al poder.

«Chile con Sebastián Piñera no solo significa un retroceso, significa también un riesgo y no podemos someter a Chile a un riesgo de esta magnitud. Mi voto es contra Sebastián Piñera y para eso voy a votar por Alejandro Guillier», dijo la ex candidata del Frente Amplio.

Así, a dos días del balotaje, con las candidaturas totalmente desplegadas en las zonas electorales claves, la incertidumbre es el mejor adjetivo para describir el escenario político en Chile. Según analistas políticos y electorales creen que la diferencia no superará los dos puntos porcentuales y que la participación, cómo máximo, se mantendrá en los niveles de primera vuelta.

150 mil votos será la diferencia a favor del ganador, tal como hace 18 años.

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