(Nicolás Stulberg)

Este lunes fue un día largo, marcado por una fuerte convulsión social que se extendió hasta pasada la madrugada, otra fecha de diciembre que quedará tristemente grabada en la memoria de los argentinos.

La jornada de ayer parecía una película con imágenes de guerra. Las fotografías y videos subidos a redes sociales y difundidos también en vivo por los medios de comunicación reafirman que esta nación austral atraviesa por días de gran rebelión popular.

Desde temprano en la mañana comenzaron los cortes y movilizaciones contra la reforma previsional impulsada por el Gobierno que, para la oposición, los sindicatos y varios sectores, trae más ajuste al bolsillo de jubilados y pensionados.

Lo que pudo haber sido una jornada de movilización pacífica en tiempos de democracia, terminó en capítulos lamentables con más de 160 heridos, según el Sistema de Atención Médica de Emergencias (SAME), tanto manifestantes como policías, y 60 detenidos.

Grupos infiltrados lanzaron piedras, rompieron hasta los bancos de la Plaza del Congreso para utilizarlos como artillería, botellas, petardos, bombas molotov; del otro lado la policía respondió con chorros de agua, gas pimienta y muchos balazos de pintura y de goma.

Por más de ocho horas hubo enfrentamientos violentos, y dentro del Congreso un debate fuerte, acalorado que aún al cierre de esta nota continuaba y se esperaba que sobre las 04:00, hora local de hoy, o tal vez sobre las 08:00, terminará para saber si la reforma se convierte o no en ley.

Una alfombra de piedra sobre la Plaza del Congreso, que pareciera haber sido atravesada por un tsunami, gritos de ‘diputados, diputados, no se vayan a olvidar, así como los pusimos, los podemos jubilar’, desolación y violencia, mucha violencia, se vivió ayer. El malestar se palpa y la furia se descarga a gritos en las calles porteñas.

Tras momentos de tensiones y forcejeos, cuando se respiraba un aire de tensa calma a las 20:00 horas se comenzó a vivir otro episodio más:

La melodía incesante de las cacerolas desde Buenos Aires hasta otras provincias del país como Córdoba o Santa Fe, un ruido que se extendió hasta pasada la medianoche.

Desde varios barrios, en esquinas, desde las casas y avenidas, las arengas con las cazuelas repicaron en tanto un gran grupo volvió a concentrarse afuera del Congreso con sartenes y cucharas para tocar fuertemente en señal directa a la cámara de Diputados.

El cacerolazo se escuchó también en la emblemática Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada, sede gubernamental, y en las puertas de la Quinta de Olivos, residencia oficial del presidente, Mauricio Macri.

Hoy, cuando se cumplen exactamente 16 años de la crisis de 2001, que causó la renuncia del entonces presidente Fernando de la Rúa, muchos expresan su angustia y descontento y otros llaman a la calma y a la paz.

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