El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció al mundo la inauguración de una nueva era de rivalidad internacional que puede ser muy explosiva y desastrosa, al dar a conocer su Estrategia de Seguridad Nacional (ESN).

Como antecedente de lo que significa la ESN, Trump aprobó la semana pasada un presupuesto militar récord de 700 mil millones de dólares, y en Naciones Unidas su representante levantó en solitario la mano en el Consejo de Seguridad para oponerse a un acuerdo que anularía la indebida proclamación de Jerusalén como capital de Israel.

Tres toques muy fuertes de los tambores de guerra de la Casa Blanca que actualizan los tiempos de aquellas amenazas que ponían al mundo al borde del holocausto nuclear, las cuales nunca desaparecieron con la caída de la Unión Soviética (URSS) y el campo socialista europeo porque no se generaban allí, sino en Estados Unidos.

Es un aceleración a la carrera armamentista y al proteccionismo económico y comercial despiadado.

Trump quiere convencer a todos que el mundo está entrando en una nueva etapa de competencia entre los grandes poderes con Moscú y Beijing como los rivales a los que debe enfrentar Washington, y esa es la plataforma pública, argumental y propagandística de su ESN, la cual marca las grandes líneas que seguirá su administración tanto en política exterior como militar.

‘Enfrentamos organizaciones terroristas, redes de delincuencia transnacional y otros que esparcen la violencia y el mal alrededor del planeta. También hacemos frente a potencias rivales, Rusia y China, que buscan retar la influencia, los valores y la riqueza estadounidense’, dijo Trump sin molestarse en ir a las raíces del terrorismo porque están bajo sus pies.

En realidad él y quienes les escriben sus discursos son muy poco creativos, pues algo muy parecido dijeron los Bush padre e hijo -coautores del Talibán y el Daesh- horas antes de atacar a Irak, aumentar el presupuesto militar y acelerar la carrera armamentista que apenas tuvo un corto respiro al desaparecer la URSS.

A pesar de la debacle del campo socialista europeo, el Complejo Militar Industrial siguió rompiendo récords de producción y venta de armas hasta ‘en los lugares más oscuros del planeta’, como bautizó Bush hijo a aquellos pueblos escogidos para el sacrificio por poseer petróleo y otros minerales o estar situados en puntos clave de la geografía para la estrategia militar expansionista de Estados Unidos e Israel. La ‘nueva’ ESN dinamiza a esa industria.

Trump es mucho más patético que aquellos que lo antecedieron quienes tuvieron el privilegio de creerse en realidad vencedores definitivos de aquella batalla que comenzó en un Berlín hitleriano xenófobo y antisoviético en 1939, y terminó con la caída del muro el 9 de noviembre de 1989 y el inicio de la postmodernidad. Los Bush creían que la hegemonía unipolar era pan comido. Ambos han vivido lo suficiente para saber que no.

El magnate piensa que el hegemonismo unipolar no se logró por fallas de sus antecesores y cree casi doctrinariamente que con su nueva estrategia Estados Unidos podrá dirigir un cambio de época del cual él mismo es consecuencia y no causa, de allí su rimbombante consigna ‘Estados Unidos primero’.

Esa frase no se sustenta en la protección del país, la promoción de la prosperidad, la preservación de la paz y el impulso a su influencia en el mundo como falsamente señala la ESN, sino en las debilidades de un sistema socio-económico y cultural agotado y condenado a desaparecer a lo cual temen más que a sus supuestos adversarios.

La declaración de Jerusalén como capital israelí, y ahora la proclamación abierta y sin empacho de una nueva estrategia de seguridad basada en la concepción ultranacionalista de que los valores estadounidenses son claves para esparcir la paz y prosperidad en el mundo, son tan brutalmente peligrosas que en todos los confines del planeta debían encenderse las alarmas.

Sea o no por algún tipo de patología, debería de existir un mecanismo extramuros para impedir que exabruptos en cúpulas de gobiernos tan poderosos sean causales de inestabilidad en el planeta.

Cuando un presidente es multitudinariamente rechazado, como es el caso de Trump, y el círculo cero del poder se divide y resquebraja, como aseguran ciertos trascendidos al analizar la situación dentro de la Casa Blanca, la nación parece desbalanceada y presa de una profunda crisis del espíritu que el egocentrismo y la vanidad hacen más aguda y dañina.

Cuando los hálitos de grandeza llegan al extremo de consignas nacionalistas, segregacionistas, discriminatorias como ‘Estados Unidos primero’, y la intolerancia trepa por encima de la razón a la más mínima creencia de que otros pueden superar sus ideales de bienestar, se camina sobre terreno minado.

En la era nuclear los anuncios de prepotencia galáctica son horrosamente explosivos y más peligrosos todavía cuando todo gira en torno de un sistema de antihéroes que funciona con una brújula moral de falsos valores emocionales y doctrinarios opuestos a aquellos reconocidos por la sociedad.

Este mundo en el que vivimos, esta casa de todos, como dijo el papa Francisco, no puede darse el lujo de que algunos de sus líderes vivan como tuercas locas sin importarles ni el orden ni el caos que han generado y haciendo lo que en cada momento piensan según sus reglas e intereses, como monarcas de una sociedad contaminada por hálitos de grandeza.

Hay sobrados ejemplos de cómo mucha gente toma la vida con tal desenfado y falta de responsabilidad que ni siquiera se dan cuenta que ellos mismos han deformado su existencia.

Así, sus juicios, sus conceptos, y deslumbrados por el brillo de ciudades como Sol pierden el sentido de lo colectivo y multidimensional y solo ven los extremos negros y grises de la relación humana. Eso es demasiado peligroso.

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