(Campos de concentración nazifascistas en Europa en la Segunda Guerra Mundial).
Polonia está tomando un rumbo equivocado. El último traspié que ha dado ha sido intentar modificar por decreto su propia historia contemporánea.

La nueva ley, aprobada por las dos cámaras del Parlamento y firmada por el presidente polaco Andrzej Duda, convierte en ilegal atribuir a los polacos la responsabilidad por los crímenes cometidos por los nazis.

El propósito era contrarrestar las acusaciones de antisemitismo durante la guerra, que la sociedad polaca considera injustas, pero el tiro les ha salido por la culata. La ley ha sido criticada por los historiadores y los supervivientes del Holocausto, ha desatado una fuerte controversia internacional al ser considerada una norma negacionista, e incluso ha provocado encendidas reacciones diplomáticas en Estados Unidos, Israel y Ucrania.

La recién estrenada legislación impone penas de hasta tres años de cárcel a aquellos ciudadanos polacos o extranjeros que afirmen — «públicamente y en contra de los hechos» — que Polonia fue responsable o co-responsable de los crímenes cometidos por el Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial, o de otros crímenes de guerra, crímenes contra la Humanidad y crímenes contra la paz. El texto exceptúa a artistas e investigadores.

En un discurso televisado el presidente Duda dijo que la ley preservaba los intereses de Polonia, «su dignidad y la verdad histórica» para que los juicios contra los polacos en todo el mundo «sean honestos» y para que ellos mismos se abstengan de difamarse a sí mismos «como Estado y como nación».

El Gobierno de Varsovia, controlado por la derecha ultraconservadora del partido Ley y Justicia (PiS en polaco), estaba buscando una fórmula para que dejara de utilizarse el término «campos polacos» para referirse a los campos de concentración que se construyeron en su territorio. El argumento esgrimido es que la frase implica complicidad con los hechos.
El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, exprimer ministro polaco y enemigo político del PiS, cree que la ley sobre el Holocausto tuvo el efecto contrario al buscado, manchando el nombre de Polonia y alentando la visión de la Historia que pretendía criminalizar.

Los polacos ni organizaron ni construyeron los campos de exterminio. Tampoco el Gobierno polaco exiliado entonces en Londres colaboró jamás con los nazis. Y entre los polacos fueron un nutrido número quienes ayudaron a los judíos y opusieron tremenda resistencia al régimen del Tercer Reich. De hecho, miles de polacos arriesgaron sus vidas para proteger a sus vecinos judíos; el centro israelí Yad Vashem en memoria de las víctimas del Holocausto reconoce a 6.706 polacos como «justos entre naciones» por la valentía demostrada al resistir el Holocausto, una cifra superior a cualquier otra nacionalidad.

Polonia tenía la mayor población judía de Europa cuando fue invadida por Alemania en 1939. Posteriormente su territorio se convirtió en la zona cero, en el epicentro de la llamada Solución Final, el plan secreto urdido por Adolf Hitler y sus colaboradores para exterminar a los judíos. Unos tres millones de los 3,2 millones de judíos que vivían en Polonia fueron asesinados por los nazis, lo que significa aproximadamente la mitad de todos los judíos muertos en el Holocausto o Shoah. Judíos procedentes de todos los rincones del Viejo Continente coincidieron en los campos de la muerte construidos por los alemanes en territorio polaco, incluyendo los tristemente famosos de Auschwitz, Treblinka, Belzec y Sobibor.

Una pila de restos quemados de prisioneros del campo de concentración de Majdanek.

Según datos oficiales, los alemanes mataron al menos a 1,9 millones de polacos civiles no judíos.

Sin embargo, Polonia ha atravesado un doloroso debate público en los últimos años después de que se difundieran varias investigaciones que confirmaban que algunos polacos participaron como colaboracionistas en las atrocidades nazis. Muchos polacos se negaron a aceptar esos hallazgos pues ponen en cuestión el relato nacional de que el país fue sólo una víctima.
Una encuesta realizada en 2017 por el Centro Polaco de Investigación sobre el Prejuicio descubrió que al 55% de los polacos les irritaba hablar de la participación de los polacos en los crímenes contra los judíos.

Pero miles de judíos polacos fueron asesinados sin poner un pie en un campo de concentración alemán, sino en matanzas indiscriminadas. El libro de próxima aparición «Intimate Violence: Anti-Jewish Pogroms on the Eve of the Holocaust», de los profesores Jeffrey Kopstein y Jason Wittenberg, documenta 219 pogromos de ese tipo en ciudades y pueblos del este de Polonia, cerca del 10% de las 2.304 localidades donde judíos y polacos vivían juntos. La mayoría de los responsables eran polacos pero también ucranianos.

Los libros de Historia recuerdan, por su brutalidad, el caso de Szczuczyn, una localidad mitad judía, mitad polaca, de unos 5.400 habitantes y situada cerca de la frontera lituana. Tras el paso de la Wehrmacht, en la noche del 25 de junio de 1941 se desató una matanza que acabó con la vida de 300 judíos. Las venganzas populares contra los judíos continuaron incluso después de concluida la guerra. 150 judíos fueron asesinados en los cuatro primeros meses de 1945 y en abril de 1946 la cifra se acercaba ya a los 1.200.

Es cierto que los alemanes obligaban a los polacos y a otros grupos no judíos a usar la fuerza, a hacerles el trabajo sucio. Algunos pogromos se produjeron mientras los nazis miraban quietos, pero en muchos otros casos la violencia comenzaba antes de que llegaran los alemanes o después de que se hubieran ido.

Como demuestran los informes de entonces, perseguir judíos se convirtió en un negocio. Algunos polacos sin escrúpulos crearon un sistema criminal de extorsión —»szmalcownictwo» en polaco— en el que identificaban y chantajeaban a los judíos que se escondían de los ocupantes. Por supuesto, estos «szmalcowniks» no representaban al Estado polaco, pero procedían de toda la sociedad polaca, desde los peldaños más bajos hasta los más altos.

En toda esta polémica subyace la política errónea de no dejar la Historia a los historiadores. No se trata de «defender la amnesia», como dijo el historiador y escritor Tony Judt. «Para poder comenzar a olvidar, una nación debe primero haber recordado», añadió Judt. Hasta que los polacos no digieran el enrevesado recuerdo de los judíos que en su día vivieron con ellos, no podrán dejarlo de lado y seguir adelante. El instrumento del recuerdo no debe ser la propia memoria, sino la historia, en sus dos sentidos: como paso del tiempo y, sobre todo, como estudio profesional del pasado.

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