La semana pasada, el orate de la Casa Blanca bramó contra la OPEP, indicando que no toleraría los aumentos en los precios del petróleo, como si el organismo que reviviera nuestro comandante Hugo Chávez Frías formara parte de su conglomerado de empresas y, como tal, pudiera manejarlo a su antojo.

En sus delirios supremacistas, el aspirante a emperador del mundo ha venido intentando imponer su agenda hegemónica, amenazando, agrediendo, chantajeando, asediando, bombardeando, a las naciones que se oponen a sus designios y, como en el caso de Venezuela, han decidido ser libres y soberanas, algo también intolerable para el energúmeno de Washington.

Meses atrás, lanzó sus lenguaradas contra aquellos países que osaran contradecir sus propuestas en el seno de la Organización de las Naciones Unidas, sentenciándolos a dejar de percibir sus “ayudas” económicas, las cuales, como ya se sabe, jamás son gratuitas, pues el imperialismo no le regala nada a nadie, ni las bombas que utiliza para arrasar con territorios enteros.

Ya hemos visto lo ocurrido con Siria: se inventaron, literalmente y con el más absoluto descaro, un supuesto ataque del Gobierno de Bashar Al Asad con “armas químicas” contra los terroristas financiados por Estados Unidos y sus aliados, para justificar el bombardeo ejecutado posteriormente.

Apenas hace unos días, el ministro de Defensa de Rusia, Serguei Shoigu, advirtió cómo el Gobierno de Estados Unidos ha demostrado que “las tendencias en la política internacional y la economía mundial que no le convienen pueden ser ajustadas con el apoyo de su poder militar”. Es decir, en términos simples, si no te sometes a su yugo, debes esperar lo peor del imperio más criminal en la historia de la humanidad.

A eso se ha venido enfrentando con valentía, firmeza coraje y dignidad el pueblo venezolano durante casi dos décadas, a quienes manejan desde las sombras el poder en Washington y que ahora, con un sujeto de la calaña de Donald Trump y su demencial obsesión por convertir al mundo entero en el patio trasero de su país, consideran llegada la hora de dar el zarpazo definitivo a nuestras riquezas, sin importar los millones de seres humanos que pudieran quedar regados en los caminos, como implorara recientemente ese ruin sujeto al que alguna vez bautizaron Antonio Ledezma.

Es a ese desafío al que continuaremos enfrentando en esta etapa tan difícil como histórica, cuando estamos a menos de un mes de las elecciones presidenciales, que debemos asumir como un reto fundamental, con compromiso y conciencia patriótica, garantizando un avasallante triunfo de Nicolás Maduro Moros, para hacerle saber al imperio una vez más que, sin importar su terrorismo ni su criminal bloqueo financiero, jamás podrá doblegar a esta nación digna heredera del legado de Bolívar, de nuestros libertadores y, por supuesto, de Hugo Chávez.

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