Tuve la suerte de trabajar durante cuatro años con un amigo de Corea del Norte. Él era un raro ejemplar en esa organización internacional, el único asiático que tenía por idioma de trabajo la lengua castellana y, por ello. Obligado a frecuentar a los que menos entendía culturalmente, es decir, a los siete latinoamericanos que hacíamos vida allí.

Li Son Gu, así se llamaba, de unos 35 años y padre de dos niños Era rigurosamente disciplinado, estudiaba toda novedad hasta entenderla plenamente y era imbatible en cualquiera de los esfuerzos físicos a que lo desafiáramos. Una vez nos retó a que le marcáramos un golpe mientras le agredíamos simultáneamente entre cinco. Ninguno llegó a tocarlo. Era el mejor jugador de ajedrez y de tenis de mesa.

En una conversación me reveló el porqué de su excelente preparación física. Como todo ciudadano de Corea del Norte tenía la ilusión de la reunificación de su patria y el compromiso de estar preparado para la defensa de su territorio. La disposición física exigida a su preparación era alcanzar la capacidad de derrotar a 20 enemigos en un combate cuerpo a cuerpo.

Vale recordar que su país, la República Popular Democrática de Corea, ha estado oficialmente en guerra con Estados Unidos desde 1950, a pesar de ser un país con apenas 25 millones de habitantes y un territorio de 120 mil 538 km cuadrados, es decir, aproximadamente la mitad del territorio del estado Bolívar.

La ubicación geográfica de su nación, bordeada por China, Rusia, Corea del Sur y, dentro de este último país, por el ejército de Estados Unidos, ha determinado también que La República Popular Democrática de Corea haya desarrollado una cuidadosa diplomacia para ocupar un respetado espacio en el mundo, a pesar de estar rodeada de gigantes.

Recientemente mi hija, de 10 años, me habló de Corea del Norte con todos los lugares comunes de la propaganda internacional contra cualquier país que decida ser independiente de los mandatos de Estados Unidos.

Alguna página de internet la había contaminado con esa propaganda. Hablamos por un rato sobre el derecho que tienen los pueblos a elegir el camino de desarrollo que mejor les parezca y sobre las presiones a que son sometidos por Estados Unidos cuando eso ocurre, como nos pasa hoy en Venezuela.

Le hablé de mi amigo Li, de lo diferentes que son nuestras culturas y le expliqué que Corea tiene el derecho de decidir su destino.

Freddy Fernández