Chávez era un estratega, un ajedrecista que sabía perfectamente cuándo y cómo mover las piezas en su tablero. Por eso no nos puede sorprender que haya empoderado, como su sucesor, a otro notable ajedrecista, Nicolás Maduro. El devenir de la Cumbre de las Américas es un gran ejemplo de la capacidad en el manejo de las relaciones internacionales del Presidente.

Recordemos que la Cumbre de las Américas nace como una reunión que inventó Clinton para imponernos el ALCA, y que este año esta Cumbre de matriz imperialista partió con una provocación peligrosa. El país anfitrión, Perú, con Pedro Pablo Kuczynski a la cabeza, luego del lobby orquestado por Estados Unidos a través de Rex Tillerson, decide quitar la invitación a Venezuela, y tras él, los presidentes de derecha de la región –Juan Manuel Santos, de Colombia, y Mauricio Macri, de Argentina– se suman a la barbarie diplomática de PPK y Trump.

Maduro, entonces, levanta la voz y hace una apuesta. Declara que él irá, contra viento y marea, a esa cumbre. Y tensa el ambiente y obliga a los países a fijar posiciones, poniendo en jaque a Trump, quien tiene que retroceder y dejar abierta la posibilidad de su participación, para evitar cualquier desaguisado diplomático.

Y el ajedrez continuó jugándose con la calma imperturbable de Maduro y su única jugada… y de pronto un día, quienes no lo invitaron terminan siendo los que no asistirían a la cumbre. PPK abdicó como presidente acusado de corrupción, Tillerson fue destituido, y Trump se vio forzado a declinar la invitación. Y entonces, esa cumbre que marcó escenas de la política latinoamericana trascendentales como el apretón de manos entre Obama y Raúl Castro, terminó como una reunión sin sentido ni substancia.

En el tira y en el afloja, fueron más los países que apoyaron a Venezuela que los que no. Y Estados Unidos demostró, nuevamente, que su vocación de brabucón del barrio (doctrina Monroe), no ha cambiado un ápice. Pero también quedó claro que, lo que sí ha cambiado, es el contexto de dignidad de nuestros países latinoamericanos.

Finalmente, los presidentes de derecha que respaldaron a Estados Unidos se quedaron sin el chivo y sin el mecate, y terminaron abrazados con el deslucido vicepresidente gringo, mientras Maduro, que había jugado, como en el póker, a retirar al contrincante, gana la partida levantándose último de la mesa.

Maduro fue canciller durante la década progresista latinoamericana. Sus decisiones fueron trascendentales para lograr esto. Su rol en la historia latinoamericana sigue siendo una nebulosa, pero estoy seguro que la historia, prontamente, se hará justa y le dedicará al Presidente estratega unas buenas y merecidas páginas.

Carlos Ramírez

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