A diez (cuatro-Ed.) días para las históricas elecciones del 20 de mayo, los venezolanos asisten a una contienda caracterizada por varias situaciones particulares en la que, a falta de espejitos, algunos candidatos ofrecen el precipicio, dolarizar la economía, es decir, entregar nuestra soberanía a potencias extranjeras. La ultra, como si se tratara de un circo, saca de su sombrero una amplia variedad de artilugios para cautivar a los electores.

Independientemente del rostro que le pongan, esa ultra lanza su carrusel de promesas a un pueblo ya maduro políticamente, al que muy poco tiene que ofrecer. Desesperados como están, colocan en la piñata electoral atractivas golosinas que causan indigestión. Solo quienes se han concientizado acerca de sus efectos secundarios, no caen en la trampa.

Veamos cómo está compuesto este carrusel. La gente de la tolda verdinaranja, así como un supuesto predicador religioso prometen acabar con el indeseable bolívar; ofrecen colocar muchos dolaritos en los bolsillos de los venezolanos, para que rindan culto a la Reserva Federal de EE.UU.; advierten que acudirán al terrible FMI y que abrirán las puertas a la intervención extranjera. Ósea, no ocultan casi nada.

Tremendo menú el que ofrecen a un pueblo que aun cuando atraviesa una muy difícil situación, producto del la Guerra No Convencional a la que se le ha sumido en los últimos cinco años, no ha perdido su dignidad patriótica y aunque pueda tener quejas muy válidas, está consciente que con un cúmulo de promesas de ese calibre no puede llegar muy lejos. Sería un despertar como el que regaló en 1989 el mal recordado CAP. Sería la muerte de los sueños.

Por décima cuarta vez, en menos de 20 años, se realizan otros comicios en un país en que, según la ultra, se vive una dictadura. Mucha agua ha corrido desde que en 1998 Chávez llegó a Miraflores, tras derrotar en su propio terreno y con sus mismas armas a la Cuarta República.

Ya los muertos no salen de su sepultura a votar por nadie; ya no se elige con papeletas, ningún comisario político del Gobierno chequea cuál fue la escogencia del servidor público y ya no se escucha la mal llamada frase célebre: «acta mata voto», práctica mediante la que los partidos puntofijistas esquilmaban los votos a las pequeñas organizaciones políticas de izquierda.

El CNE se muestra ante el mundo como uno de los sistemas automatizado más transparentes, seguros y confiables, a pesar de la tendenciosa campaña en su contra, y con el testimonio de un personaje nada afecto a la Revolución, como Jimmy Carter. El 20, 20 millones de votantes decidirán soberanamente su destino, y duélale a quien le duela Revolución hay para un buen rato.

Por Marisol Rodríguez

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