Hay quienes decidieron que el país, incluyendo su gente, no tienen ningún valor. Mentir, soñar con una guerra que arrase todo y después dejar en la miseria a los sobrevivientes les parece justificado y hasta constructivo.

Quizá hayan llegado a tal posición luego de intentar, reiterada e infructuosamente, convencernos de que portaban la razón. Si alguna vez tuvieron la oportunidad de parecer una opción, la manera irracional, vengativa y violenta con que han asumido sus derrotas les ha privado de cualquier posibilidad de lucir como opción de gobierno.

Ha sido peor cuando han obtenido la victoria. Llevan ya 20 años convencidos de que la Revolución Bolivariana no durará un mes más, y cada vez que asumen una posición de poder la utilizan para intentar acelerar la desaparición del chavismo. Desdeñan cualquier labor de gestión de gobierno y asumen que no deben dialogar con quienes perciben como derrotados. Sus posiciones de gobierno local y regional se convierten en factores de desidia gubernamental y en focos de promoción y protección de violencia.

Impresiona cómo su victoria en las elecciones de 2015 no fue aprovechada para abrir el camino hacia los cambios políticos que defienden. El escenario de hoy sería totalmente distinto si la Asamblea Nacional, en lugar de dedicarse a derrocar el Gobierno, hubiese asumido la labor de ser un factor de poder capaz de proponer y ayudar a conducir una política económica que ayudara a resolver los problemas que hoy enfrenta el país.

Lejos de esa opción, además de sus reiterados intentos de desconocer a la Constitución y a los poderes que de ella emanan, han dedicado todo su tiempo a viajes internacionales para agravar las condiciones de vida de los venezolanos y para pedir una guerra de Estados Unidos y otros gobiernos títeres contra Venezuela.

En su demencia vengativa cuestionan hasta el sistema electoral que les ha permitido garantizar sus victorias. Un sistema que cuenta con el mayor número de garantías de transparencia, más allá de las estrictamente necesarias, y que ha alcanzado tales fortalezas, entre otras razones, porque todo lo que ha exigido la oposición ha sido incluido.

Llegado a este punto, insisto en que no tengo ninguna duda: mi voto es por Nicolás Maduro. Voto por Chávez, voto por mi pueblo y voto por lo que esa oposición ha querido convertir en motivo de mofa, voto por mi patria.

Freddy Fernández

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