Ayer 17 de mayo culminó la campaña electoral que ha invitado a los venezolanos a decidir, el 20 de este mes, entre hipotecar la soberanía nacional a cambio de dolarizar la economía o defender su derecho a la autodeterminación, sus logros sociales y rebelarse contra la guerra no convencional que azota al país desde el 2013, generando una hiperinflación que saquea los bolsillos de todos por igual.

Durante todos estos días, la campaña se centró en pegajosos jingles musicales, dirigidos fundamentalmente al voto duro de cada uno de los bandos. Tanto la revolución como sus adversarios apelaron a sus convencidos, mas no tanto a los indecisos, esos que podrían inclinar la balanza.

Llama la atención algunos aspectos del último tramo de la campaña que no se pueden pasar por alto. Mientras la revolución insistió en sus tarareados mensajes acerca de los logros revolucionarios, la oposición se esforzó en desmontar la abstención convocada por el ala más radical de ese sector.

Luego de tanto insistir, a esta altura del juego, el fantasma de la abstención, que por motivos diferentes no conviene ni a unos ni a otros, aún merodea por los pasillos de las toldas políticas. Sorpresivamente, esa invitación al voto sufrió un frenazo, por lo menos mediáticamente, lo cual hace pensar acerca de cuál sería la carta oculta que tiene la oposición.

Sea cual sea esa carta, culminada la campaña, la revolución no puede caer en triunfalismo. Debe seguir, mediante las instituciones competentes, exhortando al electorado a participar, independientemente del candidato de su preferencia.

En estos tres días, previo a las elecciones, no se puede desechar el llamado a la participación de un buen porcentaje de los electores, en el entendido de que sería un extraordinario mensaje que se enviaría a los sectores que, fuera del país, cuestionan la pulcritud de estos comicios, reafirmando que los venezolanos pueden dirimir sus diferencias políticas en paz, soberanamente, sin intervencionismo, además de reivindicar el nacionalismo como un valor por el que vale la pena votar.

En el argot comunicacional, se calificaría como caliche el que las transnacionales de la comunicación dediquen tiempo y espacio en demostrar, a partir de «ollas», que Venezuela vive en una dictadura que enarbola la bandera de la participación protagónica y extrañanamente abre espacios y estimula el ejercicio del voto.

Ante la agobiante realidad que viven los venezolanos, producto de la Guerra Económica, que secuestra toda iniciativa, el CNE, como garante de este proceso, no puede bajar la guardia. En estos días debe insistir en la masiva asistencia de los 20 millones de electores. Derrotar la abstención sería un gran triunfo de todos los venezolanos. Es una tarea muy especial para los revolucionarios.

Por: Marisol Rodríguez