Los medios de comunicación han repetido hasta la saciedad que esta es una reunión «histórica» y puede que algunos piensen que ya se produjo un encuentro igual de importante.

Es relativamente cierto. Hace tan solo dos meses, ya ocurrió una «cumbre histórica»: la de los dos líderes coreanos en la frontera que separa el Norte y el Sur, donde ambos se comprometieron a buscar la «completa desnuclearización» de la península y el fin de la guerra en la que, técnicamente, aún están. Sin embargo, esta cita es más relevante.

¿Por qué? Por una sencilla razón: se trata de una situación inédita. Nunca antes un presidente estadounidense en el cargo se ha reunido con el líder norcoreano en el poder.

Y eso no significa que no se intentara o que no se hubieran producido negociaciones entre ambos países; pero nunca llegaron a fructificar para sentar a ambos líderes en la misma mesa. Por eso, el cara a cara de Trump y Kim es tan esperado, pese a que sigue siendo una incógnita los frutos que puede dar.

Después de barajarse destinos como Mongolia e incluso la zona desmilitarizada que separa a las dos Coreas -y que, pese a su nombre, es una de las fronteras más militarizadas del mundo-, Corea del Norte y Estados Unidos decidieron reunirse en Singapur. El pequeño y moderno país, situado en el sudeste asiático y considerado uno de los «tigres» económicos de la región, es una nación con la que tanto EE.UU. como Corea del Norte tienen buenas relaciones y por tanto, es un espacio neutral y seguro.

Pyongyang incluso tiene embajada en la ciudad-Estado, algo no muy habitual, y siempre mantuvo con los norcoreanos una estrecha cooperación comercial, interrumpida el año pasado por el endurecimiento de las sanciones internacionales.  Además, Singapur también se vanagloria de su estabilidad y seguridad, gracias a las numerosas y estrictas normas que tiene (como por ejemplo, la prohibición de protestas).

Empecemos por Trump, aunque no porque sea más predecible.

Al principio, el presidente estadounidense dejó claro que su objetivo era que Kim Jong-un se deshiciera de sus armas nucleares de forma inmediata y unilateral, pero ha ido moderando su discurso.

En una entrevista con la cadena Fox News, Trump dijo que le gustaría que la desnuclearización de Corea del Norte se llevara a cabo «de forma inmediata, pero físicamente, una fase transitoria puede ser un poco necesaria».

«Ojalá supiéramos lo que quiere conseguir Trump (…). En cierto modo, lo que está haciendo es redefiniendo el éxito a lo que él quiere», considera David Kang, director del Instituto de Estudios Coreanos de la Universidad del Sur de California.

La desnuclearización verificable, el objetivo marcado por el presidente estadounidense, puede tomar años, según los especialistas en el área. No obstante, el mero hecho de que la reunión ocurra puede ser interpretado por ambos líderes como un éxito.

«Irónicamente, el sentido común nos dice que Corea del Norte es quien quiere reconocimiento y que ve el encuentro como un premio; pero en cierto modo, Trump también está feliz de tener esa reunión simplemente para demostrar al mundo que él puede hacer algo que otros no pudieron en el pasado», remarca Kang en declaraciones a BBC Mundo.

¿Qué misiles tiene Corea del Norte?

 

Kim, por su parte, busca sentarse a la mesa frente a Trump para ser «aceptado internacionalmente como un poder nuclear», destaca Sue Mi Terry, quien trabajó como analista de asuntos coreanos para la CIA de 2001 a 2008, y como consejera del gobierno de Georg W. Bush y Barack Obama.

«Quiere respeto (…). Tras llevar a cabo un programa de armas nucleares durante siete años que ahora que dice que lo ha completado, no le importa sentarse con Washington como un igual y hablar del control de armas».  Michael Madden, especialista en el liderazgo norcoreano, cree además que buscará «seguridad»: facilitar futuras interacciones diplomáticas con los estadounidenses y abrir las negociaciones para firmar el tratado de paz que ponga fin a la guerra coreana.

Todo ello puede llevar a que se abra al exterior y consiga ayuda para su debilitada economía, su tercer objetivo: la ansiada prosperidad.

El mejor resultado posible, en opinión de Kang, es que EE.UU. y Corea del Norte hablen en detalle de cómo gestionarán su relación y que Pyongyang dé más pasos hacia la desnuclearización de lo que ya ha hecho.

Pese a que ambos líderes son bastante impredecibles y a que Trump asegurara que abandonaría la reunión si no va bien, las «probabilidades de que empeore la situación son muy bajas», considera Kang.

Para el director del Instituto de Asuntos Coreanos, ya se han conseguido logros que eran inimaginables hace seis meses.

«Si hubiera dicho entonces que Corea del Norte pararía de forma voluntaria sus pruebas de misiles y sus pruebas nucleares, y que incluso desmantelaría los dos enclaves donde hacía esas pruebas: que se mostraría dispuesta a la desnuclearización en sus términos y si el acuerdo es bueno; que acudiría a los Juegos Olímpicos (celebrados en Corea del Sur); que hablaría de abrirse al mundo… ¡la gente se hubiera reído de mí por ser un ingenuo!».

 

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