Y entonces Chernóbil explotó. Con esa sencilla frase pudo haber terminado la historia de la humanidad. Por fortuna, no fue así. El 26 de abril de 1986, a la 1 de la mañana, 23 minutos y 43 segundos el Reactor 4 de la Central Nuclear de Chernóbil esparció una nube radioactiva por el mundo. El accidente “reveló no sólo las implicaciones reales de la energía atómica en la salud humana, sino el grave problema que tenían las democracias al confiar ciegamente en la burocracia gubernamental y en el poder de la ciencia y la economía”, asegura Peter Gould en su libro Fuego en la lluvia: las consecuencias democráticas de Chernóbil.

No es para menos. Muchos gobiernos de entonces habían convencido a sus ciudadanos que las centrales nucleares eran seguras. Nadie creía que pasaría lo que pasó en lo que ahora es Ucrania.

¿Qué ocurrió?

Una central nuclear produce energía transformando agua en vapor, por medio del calor que genera la fisión atómica; su combustible básico es el uranio, un metal pesado capaz de liberar enormes cantidades de energía concentrada. El corazón de Chernóbil tenía 190 toneladas de óxido de uranio. Estaba rodeado de barras de metales especiales que, dependiendo de cómo se organizaran, controlaban la velocidad en que sucedía la fisión nuclear.

El reactor de Chernóbil podía alcanzar temperaturas de hasta 2.100 Cº controladas con 37.600 toneladas de agua. Sin el líquido, el reactor se puede calentar tanto que genera una reacción en cadena. El sistema de abastecimiento hidráulico funcionaba con electricidad; era muy peligroso que la central nuclear se quedara sin energía.

La electricidad con la que funcionaba el reactor de Chernóbil se producía por un dínamo de hélices que giraba y seguía girando por unos 45 segundos en caso de que se presentara un corte de energía.

Aquel 26 de abril, los encargados de la central decidieron realizar un simulacro para probar si unos motores diesel de emergencia alcanzaban a prenderse en ese corto periodo de tiempo.

Todo fue una secuencia de errores terribles. Las personas que estaban a cargo del simulacro no eran ingenieros atómicos, sino ingenieros eléctricos; no siguieron el riguroso procedimiento de seguridad establecido. Podían haber hecho esta prueba en una planta de carbón, sin poner al límite un reactor nuclear; sin embargo, ya lo habían hecho en los otros reactores de Chernóbil y nada había pasado.

Los ingenieros apagaron casi totalmente el reactor, sacaron las barras de metal que controlaban la velocidad de la fisión, apagaron el sistema de enfriamiento de emergencia y, para que no interfiriera con la prueba, el de control de presión automático; cambiaron el sistema de control para que no detectara cambios de temperatura de un solo reactor sino de toda la planta.

La relación entre agua y flujo de neutrones es supremamente delicada en un reactor que trabaja con bajos niveles de energía. Los técnicos aumentaron la presión del agua para generar vapor, bajaron aún más la electricidad. En ese momento, las máquinas intentaban estabilizar el reactor, pero los técnicos hacían todo lo contrario. La temperatura aumentó y se necesitaba más líquido para enfriar el reactor, pero esta a su vez incrementaba la presión del vapor.

La entrada de agua empezó a fallar, el dínamo se detuvo por completo, el vapor se empezó a acumular y se inició una reacción en cadena. Entonces oprimieron el botón de pánico. Era demasiado tarde.

En tres o cuatro segundos el reactor estalló y expulsó el techo de 1.000 toneladas de concreto y acero. Hubo una segunda explosión que lanzó lejos las barras de control en llamas, generando múltiples incendios, y liberó radionúcleos (núcleos atómicos radiactivos) en la atmósfera a alturas de hasta 8 kilómetros de alto.

El apocalipsis atómico

Al contrario de un material ordinario que puede ser destruido o controlado por medio de reacciones químicas, los radionúcleos son indestructibles. Solo desaparecen por la ley física del decaimiento natural de la radiación, que puede tardar miles de años. Por ejemplo, solo el Plutonio 239 tarda 24.000 años para detener su radiación.

El problema con la radiación es que afecta las células de los seres vivos y genera graves problemas de salud; controlarla es imposible. Si se intentara quemar el lugar contaminado, el humo podría esparcirla aún más; si se limpia con agua, podría entrar en el suelo y contaminar las fuentes hídricas.

Tras la explosión dos operarios murieron y sus cuerpos aún siguen allí. Otro técnico llegó a la escena y recibió tanta radiación que murió pocas horas después. Otras 31 fallecieron y 300 fueron hospitalizadas a las pocas horas. Unos 15 bomberos que llegaron a extinguir los 30 incendios de la Central empezaron a vomitar por la exposición a la radiación. Horas después lograron apagar las conflagraciones, pero no el núcleo de grafito: allí el agua se convertía en vapor.

El caos inició: nadie sabía muy bien qué hacer. Svetlana Alexievich, premio Nobel de Literatura, recuerda en su reportaje Voces de Chernóbil que los habitantes no entendían qué pasaba esa mañana de primavera. Un pescador intentó buscar gusanos para la carnada y no encontró ninguno luego de cavar casi un metro. Esa mañana no había tampoco insectos volando y una mujer que caminó sobre el césped tuvo extrañas quemaduras en sus piernas.

Durante las primeras horas, las autoridades soviéticas no informaron de lo ocurrido ni a los habitantes de la región, ni a la comunidad internacional. Se les dijo a los campesinos que permanecieran encerrados y no abrieran las ventanas. Les distribuyeron píldoras de yodo para evitar que sus tiroides absorbieran material contaminado de radiactividad.

Nadie quería responsabilizarse de realizar una evacuación a gran escala tras la explosión, y la orden se demoró 24 horas en llegar. Fueron movilizadas 45.000 personas que vivían 10 Km a la redonda de la Central. Muchos eran campesinos que se negaban a dejar a sus animales, así que se tuvieron que trasladar gallinas, cerdos y vacas. Los siguientes seis días se evacuaron otras 90.000 personas que vivían en un radio de 30 km de la Central.

Esos días hubo uno crisis informativa. Los habitantes de la región no sabían nada.

Los pobladores no confiaban en las autoridades soviéticas que producían información contradictoria. Los creyentes ortodoxos dijeron que era el Apocalipsis, el fin de los tiempos. En el texto bíblico un ángel toca una trompeta y una estrella llamada ‘ajenjo’, caída del cielo, genera un gran incendio que contamina y envenena los ríos. En Ucrania al ajenjo se le llamaba «chernobylnik» y el nombre de la ciudad de Chernóbil proviene de esta hierba medicinal.

El entonces líder soviético Mikhail Gorbachev informó en televisión sobre el accidente nuclear, 18 días después. Miles de personas habían sido expuestas a la radiación y poco se podía hacer. El 20 de mayo, casi un mes después, inició la construcción del Sarcófago, un sellamiento de concreto que encerraba las 216 toneladas de uranio y plutonio y mantendría aislada la radiación por unos 40 ó 50 años.

La pirámide nuclear

En 2013, el techo del Sarcófago empezó a resquebrajarse y una parte colapsó. Los expertos consideraron que era necesario su reemplazo con una estructura mejor.

En noviembre de 2016, se inauguró lo que llamaron el Nuevo Sarcófago Seguro, considerado la estructura móvil más grande del mundo. En su construcción se emplearon 7.300 toneladas de acero y 400.000 metros cúbicos de toneladas de concreto. Se estima que puede contener la radiación 100 años más.

Los 30 km que rodean la antigua planta, denominados como zona de alineación, siguen deshabitados. Cualquier actividad residencial está totalmente prohibida y la guardia fronteriza de Ucrania patrulla el lugar.

Pese a esto, hay personas que aún viven allí en un sencillo estilo rural, resignados ante cualquier daño que pueda producir la radiación.

Este año la ONU realizará una ceremonia conmemorativa que marca el Día Internacional del Recuerdo del Desastre de Chernóbil. Un drama televisivo se estrenará el próximo 6 de mayo por la cadena estadounidense HBO. Dramatiza la historia de la catástrofe y conmemora a los valientes hombres y mujeres que se sacrificaron para salvar el mundo.

Vladimir Gubaryev, periodista del diario soviético Pravda, sintió que el drama humano sobrepasaba a lo que se podía decir en un reportaje y decidió escribir una afamada obra teatral llamada Sarcófago. Un personaje de la puesta en escena dice: “Las pirámides de Egipto han estado desde hace 5.000 años. Para contener la radiación esta pirámide nuclear debe estar por 100.000 años… ¡Vaya monumento que dejamos a las generaciones futuras!”.

 

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