‘Dos fantasmas recorren los Balcanes occidentales, los de Rusia y China», podría ser el inicio de un nuevo manifiesto, pero no de la autoría de grandes pensadores, sino de pragmáticos políticos de turno.

Más o menos es ese el terror mediático que insufló la mayoría de los presidentes de los países de la región en la cumbre del 9 de mayo en Tirana del llamado Proceso Brdo-Brioni.

Esta es una iniciativa de 2010 promovida por Eslovenia y Croacia -ambos sumados a la Unión Europea (UE)- para impulsar la cooperación en esta parte del mundo.

Se trata de declaraciones altisonantes e intimidantes que pretenden disuadir al espacio comunitario a apresurarse en asimilar a Albania, Bosnia y Herzegovina, Macedonia, Montenegro y Serbia, así como en Kosovo, so pena de llegar tarde a lo que presentan como una especie de ocupación por parte de Moscú y Beijing.

A ello se suma la evidente poca energía que muestra la UE en contribuir a que los países de los Balcanes occidentales cumplan con los múltiples y elevados parámetros exigidos para recibir el boleto de entrada y lo que es más evidente: a medida que los van alcanzando, aparecen otros nuevos.

Un mecanismo que recuerda la definición de la línea del horizonte: un punto al que, a medida que nos acercamos, se va alejando de nosotros. Esa percepción y esa falta de voluntad de los que ya están en el ‘melting pot’ se agudizaron con el referendo de 2016 en Reino Unido para su salida (Brexit).

Si bien esos factores están presentes y así lo enuncian líderes de la región, lo relevante es la manera falaz en que agitan las banderas de los dos fantasmas para intentar persuadir a la UE de pisar el acelerador en el proceso de adhesión de esta parte del mundo.

Impedir a toda costa que Rusia y China incrementen su presencia en la región se convirtió en lenguaje común, además de un intento por ignorar -y borrar- los lazos políticos y culturales del Kremlin en estos lares, que datan de siglos y van desde alianzas militares hasta las identidades religiosas y de lenguas al tratarse de pueblos eslavos.

Lo mismo se pretende ante el creciente poderío económico de Beijing y su voluntad -e interés- de contribuir al avance de sus antiguos amigos aquí, de lo cual es muestra el proceso nacido en 2012, conocido como Formato 16+1.

Mostrando evidentes frutos, China invierte miles de millones de dólares en obras de infraestructura y energética en 16 países de Europa central y oriental con los cuales tuvo relaciones amistosas, comerciales y de cooperación en su pasado socialista.

Estados Unidos, experto en desmembrar añejas alianzas y federaciones en esta parte del mundo, es el primero en presionar para desterrar de aquí a Rusia y China, utilizando en la mayoría de las ocasiones el lenguaje de la época de la Guerra Fría y su añeja política de premios y castigos (el garrote y la zanahoria).

Para ello utiliza un método nada nuevo, pero que sigue siendo eficaz: inundan a la opinión pública con los temores sobre seguras fatales consecuencias para la independencia y autodeterminación de los países y luego callan para escuchar, con agrado, cómo los políticos de la región las repiten como si fueran suyas y hasta las argumentan.

Uno de los discípulos más aplicados es el presidente de Montenegro, Milo Djukanovic, quien después de su conocida ‘vuelta de carnero’ para trocarse de comunista ortodoxo a neoliberal, agita esas banderas.

Llevó la voz cantante al respecto en la cumbre de Tirana y antes lo hizo en entrevista con la agencia británica Reuters en la cual clamó porque la UE integre a los Balcanes occidentales con celeridad para salvaguardar el futuro común, así como para protegerlos de la influencia rusa y china.

‘Si la UE no lo hace pronto, mucho me temo que nuestro futuro está en peligro’, añadió, para repetir casi al calco el discurso durante una visita a su país del vicepresidente de Estados Unidos, Michael Pence. Con la excepción de Serbia, que labra su camino hacia la UE, a la vez que desarrolla relaciones con Moscú y Beijing y rechaza ingresar en la alianza atlántica (OTAN) con una política de neutralidad militar, los demás líderes asistentes repitieron el mismo criterio.

Sin mencionar a Rusia y China, en la declaración final suscrita llaman a la UE a acelerar la ampliación en la región porque constituye ‘una cuestión de significación geopolítica’.

Empero, no hay razones válidas para esos temores, pues si bien reaccionó con desagrado por el ingreso de Montenegro a la OTAN el año pasado, Rusia no obstaculizó ese proceso a pesar de su presencia pública y privada en sectores claves de la economía de ese país, ni actúa contra la muy próxima entrada de Macedonia del Norte.

China, por su parte, tampoco se inmiscuye en esos asuntos y continúa con sus inversiones y créditos blandos en infraestructura vial y energética para el tránsito por estos países del ambicioso proyecto del Cinturón y Ruta de la Seda.

Tanto es así que, ante ciertas suspicacias de la UE, invita a sus representantes y expertos a asistir a las cumbres de su primer ministro, Li Keqian, con sus pares del Formato 16+1 (Albania, Bosnia y Herzegovina, Bulgaria, Croacia, República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Macedonia del Norte, Montenegro, Polonia, Rumanía y Serbia).

De esto se habla poco y nada, incluso por aquellos quienes ocupan altas responsabilidades estatales y ejecutivas en los países de la región. Pero el mito de los ‘dos fantasmas’ está instalado, sigue circulando, en tanto la OTAN y la UE se venden a los electores como símbolos de seguridad y progreso.