Por: Mario Rojas

Este 28 de septiembre Víctor Jara cumpliría 87 años. Difícil eludir la pregunta, ¿qué sería de él si no hubiese sido asesinado?

¿Cuántas canciones más tendría el repertorio musical del país?

Tal vez habría incursionado en el cine o la televisión, habría escrito una ópera y muchas obras teatrales. Con su talento, las posibilidades serían muchas.

Sin embargo de lo único que tenemos certeza es que su aporte a las artes y la cultura sería imponente y significativo, como cada proyecto que emprendió en vida. También tenemos la certeza que su vida fue interrumpida por 44 tiros de metralla y sus manos destrozadas a culatazos por orden de militares afiebrados de ideología fascista.

Tras la tortura y asesinato de Víctor Jara, vinieron la quema de libros, destrucción de material cinematográfico de archivo, saqueo de obras patrimoniales, y claro, más de 17 años de censura, represión permanente a cualquier manifestación de arte crítico.

Un intento que buscaba modificar el respeto que la población tuvo por los artistas y sus obras en ese país remoto, ese que dejó de existir bajo la dictadura de derecha encabezada por el tristemente célebre general Pinochet.

Sin embargo, hasta en eso fue poco exitosa la dictadura, porque la figura de Víctor ha crecido año tras año, no solo en Chile sino también en el resto del mundo.

Podríamos estar celebrando los 87 años de Víctor Jara, pero llevamos 46 sin él. Quizás es el momento para reconocer que su brutal asesinato dejó una deuda y una herida de incalculables dimensiones para la expresión creativa del país. No es posible reparar el daño, pero podemos darle a su memoria el lugar que se merece.

La estación de Metro Unión Latinoamericana debería llevar su nombre, para que las nuevas generaciones puedan reconocer fácilmente el lugar del crimen, y que sirva de recordatorio que no se mata a una persona por cantar.

También debería haber una plaza frente al estadio Víctor Jara, que enfrentara la Avenida Bernardo O’Higgins, para lo cual habría que demoler el feo edificio que reemplazó a la galería Edwards a consecuencia de uno de tantos terremotos.

La Universidad de Santiago, desde donde fue traído al estadio a punta de fusiles, junto a sus compañeros y alumnos, también debiera llamarse Víctor Jara. Así y todo esto sería apenas una simple metáfora al reconocimiento que Víctor se merece.

En 4 años se cumplirá medio siglo de su ausencia. Aún estamos a tiempo de prepararnos para llegar a la fecha como corresponde y lo mínimo es perpetuar su imagen y legado.

Sugiero un par de sus propios versos para acompañar el monumento que más temprano que tarde deberemos construir para honrar su memoria.

“…no estás dormido, hermano, compañero…Aquí, hermano, aquí sobre la tierra, el alma se nos llena de banderas, que avanzan…”

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